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JOSÉ NODIER

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¿Y DÓNDE ESTÁ EL ALCALDE?

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Y lo otro es el muralismo desordenado que se hace en Armenia

Las oficinas de cultura, cuando están despojadas de una conceptualización clara y de una estructura administrativa idónea, sirven para muy poco.

Lo digo porque Colombia por años vivió al margen de la gestión cultural, en la premodernidad administrativa, con la existencia precaria de Colcultura, que era un organismo derivado de la Constitución de 1886 dedicado a promover algunas tradiciones y a invertir en expresiones artísticas elitistas. Colcultura era la típica oficina que servía de escampadero de las señoras bien de Bogotá o de Cali, quienes nada sabían de gestión y se solazaban con su manía centralista.

En provincia ha pasado igual por años, y luego de servir de parapeto de señoritos o señoritas de las élites, las oficinas de cultura –como en Armenia– ahora son estaciones de la politiquería y la negligencia. Poco se ha entendido en la ciudad lo que debería ser una agencia de cultura.

En primera instancia el hecho de que la corporación administradora sea un organismo bipolar, encargado de la cultura y del turismo, sin saber qué en realidad hace, menoscaba los derechos de la ciudadanía. En esa oficina se la pasan un año y miles de millones de pesos, sin saber para qué sirve la cultura en los tiempos de banalización de la vida colectiva.

El Alcalde de Armenia Carlos Mario Álvarez –a quien admiro por su trabajo en general y por su honorabilidad– no ha comprendido que la gestión cultural es un renglón específico, y que no puede confundirse con la promoción turística, actividad propia del rédito económico.

No ha podido entender que los artistas y los gestores merecen el mismo respeto que los señores que le calculan y le construyen la infraestructura de ciudad.

Si se observa al detalle la inversión y la ejecución de los 2.839.667.448 pesos de presupuesto de la Corporación, poco queda qué decir. Uno enmudece. Además de unos mantenimientos, de unas contrataciones de personal para funcionamiento o del delirio activista, o de la réplica ingenua de una imagen de cultura propia de una agencia de publicidad, los procesos formativos son precarios y poco aportan a la necesidad de promover la creación artística en Armenia o de configurar una oportunidad de ocio creativo para las nuevas generaciones.

Se entiende, al analizar esa ejecución, que esa oficina sirve poco para el turismo y menos para cultura. Mantiene unos eventos antecedentes, promueve otros, pero no brinda respuestas a las preguntas esenciales de la cultura de la ciudad: dónde hay procesos formativos en las artes y cuál es su aporte al tejido urbano; cuándo se hace formación de públicos; qué obras se crean con las bolsas y las becas del Estado, y cómo el arte y la cultura se imbrican con la educación para resolver las incertidumbres existenciales de los niños y los jóvenes de Armenia.

Y lo otro es el muralismo desordenado que se hace en Armenia o, mejor, la pintura de paredes que se realiza en diversas partes de Armenia. No existe un criterio estético desarrollado en ese activismo, más que el de hacer réplica de nuestra naturaleza, de forma ingenua, en los muros de la ciudad.

¿Y dónde está el Alcalde? La cultura en Armenia ha sido el gran bache de la gestión de este buen señor que es Carlos Mario Álvarez.

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