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JOSÉ NODIER

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¿Y DÓNDE ESTÁ EL ALCALDE (2)?

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Nos traicionamos cuando hablamos de identidad única y unilateral

He recibido varios mensajes sobre mi pasada columna. Si bien no es mi estilo contestar, estimo que debo ampliar mi opinión sobre los murales que se hacen en Armenia.

Sé bien que el gobierno municipal le quitó las funciones de turismo a la Corporación que administra la gestión cultural de Armenia. Lo que digo al final es que solo le extirparon el mote, porque su visión de agencia de publicidad de segunda del paisaje cultural cafetero, esas funciones, están intactas. Es tan precario el sentido de la gestión cultural de ese organismo que todo cambió para que todo siguiera igual.

En la pasada administración, de pobre gestión cultural para Armenia, idearon a las volandas la configuración de unas políticas públicas, y de seguro se pensó que la Corporación de Cultura ampliaría sus operaciones más allá de las fiestas aniversarias, que es cuando funciona a todo vapor, y cuando más se equivoca, toda vez que actúa de manera coyuntural y populista.

Algunos corresponsales míos dicen no entender el asunto de los murales. La pintura, como la escritura o la música, como acto de la imaginación y la reflexión debe obedecer a una pulsión creativa que va más allá de los intereses de las oficinas de cultura. No obstante cuando el arte se contrata -y hay artistas contrateros, como en cualquier actividad del Estado- debe obedecer a los significados de unas políticas públicas, y no a la distorsión estética de algunos funcionarios.

No entiendo el afán de la Corporación de Cultura de copiar en las paredes la vegetación y la fauna del paisaje cultural cafetero, como si los campesinos que crearon ese entorno o las tribus urbanas que se asientan en la ciudad, o sus mismos habitantes tradicionales, no tuvieran otras historias qué contar, otras maneras distintas de experimentar la vida municipal.

Mientras las muchachas de Armenia viven sin empleo o desde la informalidad, o se ven abocadas a la prostitución o al suicidio, por ejemplo, el canto de sirena desde la Alcaldía es pintar pajaritos o guaduales para embellecer la ciudad, de espaldas a la caldera social en que estamos, y como pobre representación, réplica edulcorada, de la naturaleza que nos rodea.

Nos traicionamos cuando hablamos de identidad única y unilateral. Cuando auspiciamos discursos políticos o estéticos de una sola vía, excluyentes, y cuando no pensamos que la cultura, como las obras físicas, requiere de un plan de desarrollo, de la formulación y reformulación de los programas, de tal forma que exista un diálogo de ciudad entre quienes la administran y sus habitantes.

Hablar del muralismo mexicano como paradigma de nada sirve cuando existe una Corporación de Cultura que no entiende, ni entenderá por ahora y cuando hay artistas de pincel listo y cuenta bancaria dispuesta, para hacer lo fácil, para dibujar con destreza barranqueros, hojas de plátano, guaduales, florecitas, en fin, cuando no nos pensamos o no nos sentimos de verdad en la expresión artística.

Aquí pintamos paredes en lo que hoy llaman muralismo, y poco trabajamos en un sentido estético e histórico de esa deriva de las artes visuales. Acudimos a la representación ingenua de una naturaleza que pretende ocultar, a punta de verdes miméticos, lo que ahora somos en el Quindío.

¿Y dónde está el alcalde? Ah sí, ya empezaron las elecciones de 2018.

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