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JOSÉ NODIER

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SUEÑOS DE BRUJA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

La obra de Lina María Muñoz inquieta y conmueve, hurga en la oscuridad de nuestra conciencia

El arte en general tiene como virtud el misterio o la desazón de la ambigüedad. Es un valor que le confieren los artistas a las obras cuando estas salen como un chorro de almíbar de sus almas o como vómito de fango, es decir cuando son producto de ese sismo espiritual que nos vuelve por un momento o una eternidad cofrades en una pasión, hermanos en una sensación, cuando el arte, hecho en Pueblotapao o en Nueva York, nos hace universales, habitantes de esa república de la libertad que es la creación artística.

La ambigüedad, por lo mismo, no es patente de corso para la ambivalencia o ese fácil relativismo estético de algunas obras conceptuales –una categoría nebulosa del arte– que pretende convencernos a fuerza de teoría que cualquier manchón o cualquier objeto, puesto en un contexto de lectura de la realidad, se configura sin valor agregado en arte de vanguardia.

En el Quindío, casi siempre, hemos estado por fuera de esas discusiones estéticas, en especial porque nuestros procesos formativos, en casi todas las áreas, son precarios, de mediano nivel académico, ya sea por las intensidades horarias o por los enfoques formativos.

Significa, ya en pleno siglo veintiuno, que las artes en el Quindío siguen siendo un emprendimiento individual y empírico, que a veces es suficiente y brillante, pero que en general nos excluye de los circuitos nacionales.

Aquí no hay pregrado en música o en danza o en teatro, y el que existe en artes visuales aún anda enmarañado en disputas e indolencias administrativas.

El arte también cuenta la historia de la humanidad, y en ese valor reside buena parte de su pertinencia colectiva. En Ana Karenina de Tolstoi o en el Güernica de Picasso, o en los Frescos de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, o en La Luna Ladra en Marcelia de Libaniel Marulanda, o en Montañas Azules de Juliana Gómez o en La Rebelión de los oficios inútiles de Daniel Ferreira, en esas obras, la sociedad tiene un espejo, una imagen que nos dice bien qué fuimos, cómo somos, desde la perspectiva de una subjetividad propia del individuo que nos refleja.

Lina María Muñoz, pintora y grabadora, a contrapelo de mucho de sus contemporáneos, hace una obra plástica desde el silencio o el apretujamiento de sus angustias y sueños, desde un dibujo eficaz, cuyo trazo es como un estilete de acero que entra en la modorra de nuestra piel cotidiana. Trasciende ella el corsé de una sociedad que obliga a sus artistas a sobrevivir al día a día o que los acorrala para que pinten pajaritos en el aire de la conformidad.

La expresión de Lina María indaga en un mundo de sueños, sí, de pesadillas quizás, desde una sensibilidad que acopia las nuevas realidades urbanas de la región, y que salta por encima de la tradición paisajística para decirnos que también a través del arte podemos relatar los avatares de nuestro espíritu campesino y citadino.

La obra de Lina María Muñoz inquieta y conmueve, hurga en la oscuridad de nuestra conciencia, y nos hace ver, desde la experiencia, que existe un mundo a veces subterráneo, de colores únicos, de donde provienen nuestros actos, como esos ramalazos de intuición o de instinto que sirven de energía a nuestras vidas.

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