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SIGNIFICADOS DEL PARO DE MAESTROS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Es admirable que así ocurra dentro de una sociedad en trance de civilidad

El paro de los maestros en Colombia, la preocupación de su agremiación por temas estructurales de la educación, por sus mismos salarios y por la seguridad social –que es un dolor de todos–, nos impele a observar el estado actual de ese sector en el Quindío.

De una parte es necesario reconocer que Colombia ha avanzado mucho en relación con otras regiones del planeta y que al menos este gobierno ha dicho, el de Juan Manuel Santos, quien estropea hasta sus mejores intenciones –así la retórica supere la acción, como ocurre con muchos de los propósitos de carácter oficial– que seremos en los próximo años una nación mejor educada.

¿Para qué esa mejor educación? Bueno eso habría que tomarlo con pinzas y, también, tamizarlo en el ejemplo. En Japón, por ejemplo, avanzan a paso agigantado en la cualificación de su sistema escolar, pero la angustia de los participantes en sus procesos es notable en sus índices de suicidio. Al regreso de sus vacaciones, el primero de septiembre, muchos niños y jóvenes japoneses optan por el suicidio. Más de 18 adolescentes lo han hecho, en los últimos 40 años, para no volver a la escuela.

Lo que quiero decir es que el exitismo, por sí mismo, con la histeria propia de la competitividad a ultranza, no es garantía de felicidad.

En el Quindío existe, por parte de los educadores y de algunas instituciones públicas, un enorme esfuerzo por propender la calidad. Instituciones educativas, como el Casd o la Román María Valencia en Calarcá, a riesgo de sonar injusto con otras, caminan todos los días en procura de brindar una educación pertinente para sus comunidades. Algunas se han embarcado, con valor, en la implementación de primarias artísticas en el Quindío, lo que determina una perspectiva humanística que habíamos perdido en la región.

Hace pocos días, la revista Dinero dijo que colegios privados como la Sagrada Familia, el Gimnasio Contemporáneo, el Gimnasio Inglés, el San Luis Rey, el San José, entre otros, destacan en Colombia. Bien sabemos que esos colegios poseen una estructura académica estable que determina un proceso virtuoso y unos resultados de calidad, en el contexto de unas pruebas estandarizadas para todos.

Cada día en el Quindío, por la insuficiencia de recursos estatales, se ahonda la distancia entre lo oficial y lo privado, lo que expresa una debilidad que deberíamos entender como parte de esa carencia en nuestro departamento de una conciencia de lo público y, como es obvio, de una precariedad manifiesta en la organización de la sociedad civil. Es decir que la ciudadanía, como construcción colectiva, refleja su propia falencia y atomización.

El paro de los maestros ha sido una oportunidad para reflexionar y para comprender que solo si construimos lo público como un bien común pueden convivir las prácticas privadas y comunitarias en permanente diálogo y espíritu colaborativo. Y no como ahora, cuando desde lo público se observa con recelo lo privado, y desde los gremios se advierte lo público como un botín o como el escenario de burocracias inútiles y negligentes.

El paro de maestros es una enseñanza para todos. Es la sociedad civil sublevada, en términos pacíficos, por la reivindicación de derechos colectivos. Es admirable que así ocurra dentro de una sociedad en trance de civilidad.

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