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JOSÉ NODIER

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PUNTO APARTE

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Alber Deylan es un gestor cultural de doble función social

La vida de un gestor cultural no es fácil en Colombia. Lo primero que encuentra al iniciar su camino es la incomprensión frente a la elección de su oficio. En su casa, de inmediato, se preguntan el porqué de esa sospechosa propensión a pensar que los sueños son posibles. Eso inquieta y hace pensar que esa persona, el gestor o la gestora, tiene un desfase con el principio de realidad.

Lo segundo, claro, es salir a la calle. Allá afuera mucha gente imagina que ese oficio es como el aleteo gracioso de los ángeles: algo inútil, sí, pero necesario para mantener la fe de muchos en sus propias creencias. El gestor cultural es un espécimen casi nuevo en la clasificación de los oficios modernos. Hoy, después de muchos años, es una profesión en países desarrollados.

Ahora bien, como este oficio es un complemento indispensable de la función del Estado en Colombia -engranaje clave en Estados Unidos y Europa- su relación con el gobierno de turno es compleja: cuando las entidades de cultura lo necesitan para apoyar un evento o para servir de halago al poder, se vuelve importante, requerido; en muchas ocasiones, como le escuché a un poderoso de la academia -cuyo nombre común, propio de un hombre patético, ya casi olvido- son muertos de hambre que andan recogiendo las migajas que caen de la mesa del poder.

En nuestro departamento los gestores culturales son personas valientes, persistentes y creativas que se la ingenian para que sus iniciativas sobrevivan en un medio tóxico e indiferente; muchas veces luchan por sus proyectos culturales casi en contra de su bienestar personal. La vida de muchos gestores culturales se convierte, por su empecinamiento, en una ordalía contemporánea.

Por ello, cuando recibí la invitación a celebrar las cien ediciones del medio de comunicación Punto Aparte, el único especializado en cultura en el Quindío, pensé de inmediato que mucho tendríamos que aprender de la constancia, la humildad y la vocación de Alber Deylan. Más que un comunicador empírico en asuntos de la cultura, él es un prototipo de periodista difícil de conseguir en nuestro medio.

Alber Deylan es un gestor cultural de doble función social. De una parte, le ha correspondido ver las afugias de procesos tan importantes para el departamento como los desarrollados por Fundanza, Teatro Azul, Versión Libre, La Musaraña en La Tebaida, Teatro Escondido, la Casa Museo de Álvaro y Martha, la Fundación Territorio Quindío, el teatro La Loca Compañía, para solo citar algunos. Y de otro lado, él mismo ha vivido el tormento cotidiano de la publicación física y digital de su agenda cultural Punto Aparte.

Digo de afugias y tormentos porque en nuestra región el gestor es sobreviviente de una sociedad que entiende aún la cultura como un accesorio o un colgandejo y que, por lo mismo, menosprecia la labor de sus oficiantes.

Albert Deylan, desde que llegó al Quindío, nos ha dado una lección de constancia sin igual. Nos ha enseñado que, a pesar de las garantías hostiles de algunas dependencias de cultura, el proceso y el acto artístico son caras de una moneda feliz.

Simon Weil, la filósofa francesa, decía que la humildad es paciencia atenta. Las cien ediciones de Punto Aparte son el producto de esa virtud de Alber Deylan.

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