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JOSÉ NODIER

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¿POR QUÉ EL ODIO?

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

El animalismo, como movimiento social, lo entiendo como una fuente de esa dulzura

Hace pocos días me contaron los maltratos que perpetran los humanos a los perros callejeros. Uno los ve a cada rato, en cualquier esquina. En el corregimiento de Barcelona, por ejemplo, las señoras Alexandra Escobar y Esperanza Vargas, dieron en adopción a unos perros recogidos.

No obstante, en días pasados, ellas, que militan sin descanso en la causa de los animales desamparados, tuvieron que retirar dos perros, que fueron macheteados por sus nuevos dueños. ¿Por qué? No hay palabras.

Hace pocos días, también, en Pereira envenenaron a algunos perros, como pasó en diciembre de 2016, que más de 50 perros y gatos fueron aniquilados en esa ciudad. ¿Por qué?

Menciono estos hechos porque una sociedad que no cuida la naturaleza está enferma, y requiere la revisión de sus emociones y de sus pensamientos como colectivo. Esa comunidad necesita rehabilitación y reeducación.

Hablo de estos asuntos para no adentrarme en los maltratos a los niños o en las humillaciones de los jóvenes a los ancianos, o de los hombres, de los machos, a las mujeres. Cómo sería de grave la misoginia dominante, que hubo que crear una ley del feminicidio, para castigar de manera ejemplar a quienes atentan a diario contra ellas. ¿Por qué?

Estas referencias vienen al caso porque a través de esa nueva sensibilidad con los animales, con los perros y los gatos y demás especies, lo que se advierte es el renacimiento de una forma de dialogar con lo que fuimos en algún tiempo, que dijo y dice bien de nuestra relación con el entorno y con el cosmos.

En la revista Arcadia pasada hace el editorialista referencia a Carolim Emcke, filósofa alemana que publicó hace un año un libro llamado Contra el odio, en donde analiza en un ensayo breve el por qué luego de 70 años después del fin de la guerra en su país, las manifestaciones xenófobas, racistas y clasistas son avaladas por una sociedad que se estima como moderna y que se supone ya fuera de esas emociones primarias. Y me llama la atención que citan esta frase: los sentimientos sin reflexión no tienen legitimidad propia.

El animalismo, como movimiento social, lo entiendo como una fuente de esa dulzura que necesitamos tener con los otros seres vivos, y de manera particular con nosotros mismos. El odio, la venganza, o la escasa autoestima individual o colectiva, nos vuelven vulnerables a la intoxicación emocional que se vive en todos los ámbitos en un país que se autodestruye a sí mismo.

Un amigo me decía que yo odiaba a un político que llegó a ser Presidente de este país. Ese amigo no comprende que la empresa del odio, de la retaliación, fue legitimada por ese señor, el innombrable como le dicen algunos y que delatarlo, decir de sus tropelías, es una forma de desenvenenar las estanterías de nuestra historia. Denunciar a los personeros del odio, dejarlos desnudos ante la tribuna, no es un acto de odio. Lo es, sí, de amor por la colectividad.

En ese editorial de Arcadia se habla de un programa del odio en Colombia. Yo creo que sí existe, y que volver a ciertas fuentes primarias, como el respeto y el afecto por los animales, y por los vecinos, por los mismos humanos, es una prioridad de nuestra conciencia.

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