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PIJAO DEFIENDE LA VIDA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

El cambio climático es el boomerang afilado que regresa

Los quindianos siempre hemos tenido una relación inquietante, sospechosa, con la naturaleza. En el siglo diecinueve era un organismo feraz, terrible, que intentaba tragarse al ser humano, deglutirlo en sus fauces salvajes.

Los bosques y selvas, casi infinitos a la mirada, llenaban de desafíos a los colonos. Cuando llegaron los primeros pobladores desde Antioquia o desde la meseta cundiboyacense, ese vínculo, parecido al que un niño tiene con su madre, umbilical, empezó a romperse por el afán de dominio de los hombres.

Luego, ya en el siglo veinte, los seres humanos declaramos una guerra sin cuartel contra ese otro organismo vivo que, en apariencia, nos circundaba. Empezamos a mirar a la naturaleza como un paisaje externo, cuando de verdad era nuestra propia sustancia. Rompimos el flujo de intereses e hicimos de nuestra intervención, de la edificación de un sistema productivo, una oportunidad para destruir y saquear la naturaleza. Un harakiri, un proceso de autodestrucción que aún no termina.

En novelas emblemáticas, en La Vorágine o en El río corre hacia atrás, el hombre, como un personaje iracundo, arremete contra ese enemigo. El resultado de esa lucha ya lo vemos: si bien los seres humanos también en apariencia ganamos esa batalla, el resultado es mentiroso, toda vez que la victoria, sus consecuencias, es nuestra derrota. El cambio climático es el boomerang afilado que regresa.

Decía Rousseau que la naturaleza es un libro para nuestros ojos. Al observarla, como hacían los campesinos en los pliegues del agua o en la geometría del cielo o en el olor del viento, lo que intentamos es poder entender lo que vemos para desentrañar los motivos invisibles del alma humana.

Hace pocos meses el municipio de Piedras en el Tolima, con su consulta popular contra la megaminería, marcó una ruta que muchas otras entidades territoriales desean replicar. Como pocas veces, la comunidad salió a defender, como un solo cuerpo, su oportunidad de sobrevivencia.

Ya lo sabemos. En el Quindío, además de los símbolos depredadores que tenemos y nos significan, nos mueve el afán de un desarrollo turístico perentorio, basado en el rédito exclusivo —afincado en las ventajas comparativas de nuestra cultura— que contradice las propias necesidades colectivas. Casi sin darnos cuenta en Salento, ahora Filandia, y más tarde podría ser Pijao o Buenavista, hemos ido cediendo frente a una idea fallida de competitividad económica.

La consulta popular programada para el 9 de julio es, para todos, un ejemplo a seguir, en procura de defender la vida. En el pasado Festival Internacional de Caricatura, realizado en Calarcá, con extensión a otros municipios, lo que se mostró a través del arte es el peligro que nace de la megamineria a cielo abierto, sus consecuencias, que nos llevan hacia el abismo de destruir nuestras fuentes de agua.

La consulta contra la megaminería, que podría terminar con un estruendoso No para esa práctica, debería hacernos poner la mano en el corazón: Como vamos no vamos bien, porque nos la jugamos por un desarrollo insostenible y a la entrega de nuestro territorio, a retazos, a neocolonizadores indolentes.

Pijao, que ya nos enseñó otra ruta con la idea de los pueblos lentos, asociada a un movimiento internacional, rompe nuestra historia de avasallamiento de la naturaleza, y nos reconcilia con la propensión visceral de nuestros ancestrales indígenas y campesinos a entendernos como un todo.

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