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JOSÉ NODIER

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PEDAGOGÍA DEL AMOR

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

El miedo paraliza, y así quieren que actuemos

Los diversos conflictos en el país perturbaron nuestra capacidad de convivir. Doscientos años de violencia, de sobresalto en las entrañas, enfermó nuestros corazones y trastocó ciertos principios.

En el siglo diecinueve, por ejemplo, el predominio excluyente de un pensamiento cristiano, católico a ultranza, nos hizo seres resignados a la suerte divina, condicionados por un maniqueísmo resuelto en la noción religiosa del bien y del mal. Construimos amistades, desde nuestra óptica, si los otros están de acuerdo con nuestros pensamientos y hábitos, y enemistades, si los demás discrepan de nuestra forma de ver y vivir.

Los liberales entendieron a los conservadores como sus enemigos, y viceversa. Los heterosexuales significaron como raros y marginales a los homosexuales, y los hombres, avalados por una cultura machista, redujimos a la mujer a una simple y útil subalterna en el viaje de la vida. Y los blancos, seres superiores para una cultura bañada por pensamientos europeístas, hicieron de los mestizos, los mulatos, los indígenas y los negros, el objeto de su desprecio. Fallaron la cultura y, obvio, los conceptos y dispositivos educativos.

Vivimos varios decenios, para apaciguar el ánimo, bajo el esquema de Frente Nacional, modo político de negar, desde el sistema de gobierno, nuestras particularidades. Ahogamos la libertad y nos acostumbramos a excluirlo todo, hasta las dinámicas de la contradicción pacífica, que no es otra cosa que la configuración de civilidad.

Nos cuesta dialogar como país. Nos agarramos de las mechas, a palabra cáustica o a tiros. Negamos el pensamiento divergente y las ideas del otro. Creemos erróneamente que la polarización ideológica no debe existir, cuando es la base de otras civilidades. En Estados Unidos o en Francia, paradigmas democráticos, la contrariedad de pareceres es la base de su construcción de ciudadanía.

Aquí, sin más, quien esté contra la ilegalidad o defienda la vida o visibilice a quienes promueven el odio y lo empaquetan en dosis personales de individualismo, o a quien pide reformas de un Estado neoliberal, o a quien denuncia a los pillos, a quien pide luz en la caverna, en fin, lo tildan de polarizador o lo estigmatizan, porque, según muchos, al odio, al deseo de venganza de algunos sectores de la sociedad, hay que padecerlo con sumisión.

Virgilio Barco, un presidente Liberal, propuso en Colombia la existencia formal del esquema gobierno oposición, como en otros lugares, y hoy casi nadie recuerda su propuesta.

La actual campaña política ha permitido, por cuenta del pacto de paz firmado con las Farc –y que la ultraderecha quiere exterminar– el debate sobre temas de vanguardia, como la educación, y que la llamada izquierda –evidenciada ahora como un proyecto liberal en el libre mercado– pueda exponer su visión de país.

Más de un millón de jóvenes, despercudidos del estigma lanzado por los grandes medios y los dueños del poder contra Gustavo Petro, pudieron escuchar en el ágora contemporánea, en la plaza pública y en redes sociales, que el cambio climático, la educación, la salud, la pedagogía del amor, la humanización de la política, y la honorabilidad en los asuntos públicos, es posible en una Colombia moderna, sin los miedos y sin las ambigüedades que nos quieren impregnar.

El miedo paraliza, y así quieren que actuemos. La ambigüedad retrasa, y así desean que caminemos. Petro, por el contrario, revive la esperanza para los jóvenes y excluidos y dignifica el ejercicio político.

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