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JOSÉ NODIER

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LOS PARTIDITOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Cambio Radical y el Centro Democrático, más que los acomodados partidos liberal y conservador, expresan bien la mezquindad de esta época

Decir que los partidos políticos de Colombia en buena parte son empresas electorales de carácter unipersonal, o parapetos de ocasión o inmensas colchas de retazos de intereses individualistas es ya, en pleno siglo veintiuno, una perogrullada.

Los partidos políticos son una invención de los ingleses, de su deliberación parlamentaria, y una creación de la necesidad de humanizar la política por parte de los franceses, como una reacción al monolítico orden de las monarquías, cuyo sistema asfixiaba sus deseos de libertad y fraternidad.

En Colombia, Ezequiel Rojas, en 1848, por la facción Liberal, y Mariano Ospina Rodríguez, en 1849 por la Conservadora, fundaron los dos partidos históricos que durante casi doscientos años fueron un orgullo para sus seguidores.

Los liberales sentían, desde los artesanos o los vendedores de chicha en la finca de Chapinero, en Bogotá, que su pobreza tenía en el partido de los rojos un escenario de reivindicación, y que solo los radicales interpretaban ese sentimiento del alma. Ellos mismos eran el partido. López Pumarejo y Gaitán, en el siglo veinte, fueron las personificaciones del coletazo final de esa pasión, que volvía iguales a los hombres y mujeres de escasos recursos.

En los azules había algo similar en el sentimiento de pertenencia, y un deseo profundo de que el mundo se congelara silvestre y bucólico, y que los valores del pasado, por serlo, mantuvieran la imagen de la arcadia, es decir que para los miembros del partido conservador todo tiempo pasado era, y es, mejor.

Había mucho de dignidad en pertenecer a uno de esos partidos, pues convertía a sus afiliados en feligreses de una iglesia ideológica. Luego todo se fue desmoronando: Laureano Gómez, con su aspiración de eliminar al otro, del atentado personal, manchó de sangre la bandera azuleja, mientras Pastrana padre, con su abordaje espurio del poder en 1970 destrozó la ética del partido y, además, lo volvió clientelista, una especie de vampiro burocrático, que no se sacia con la linfa de los contratos y los puestos.

Algo peor ocurre ahora con los partidos nuevos. La U es una federación de oportunistas; el Centro democrático es una pantomima de partido, donde un vengativo mesías, un tiranuelo de telenovela, algo lúcido y mucho de demente, como los dictadores de realidad y ficción de las obras de Vargas Llosa y García Márquez, dispone de la vida de todos sus adláteres y los pone a repetir, como loros, la cantinela de sus desvaríos.

Ah, y Cambio Radical. Esta semana anunció su jefe único y omnímodo, que él, como candidato autodenegado de su partidito, había llegado a la asombrosa cifra de cuatro millones de firmas. Y digo asombrosa porque Vargas Lleras, si bien es un ejecutivo idóneo y un avisado manzanillo, un burócrata capaz cruzado con el ADN del líder barrial de la Costa Atlántica, no concita en las calles o en los centros comerciales la emoción que evidencian esas planillas de la Registraduría del Estado Civil.

Cambio Radical y el Centro Democrático, más que los acomodados partidos liberal y conservador, expresan bien la mezquindad de esta época, cuando miramos de lado la alternativa de la pacificación del país y observamos de frente, mientras nos relamemos, la posibilidad de asaltar el botín del erario público. Así somos.

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