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LODAZAL CUYABRO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Durante años los cuyabros han elegido corruptos para que los gobiernen

A los quindianos, a buena parte, nos seduce la sociedad corrupta.

Nos gusta saber, por ejemplo, que fue la politiquería enconada la que nos fundó como entidad territorial, y que los auxilios parlamentarios y las becas, entregadas luego a los representantes del nuevo ente, animaron esa fiesta independentista.

Nos seduce tanto a los quindianos el estado del arte de la corrupción, sus comodidades y beneficios personales, que callamos las ambigüedades del Forec y nos resignamos frente a algunas organizaciones no gubernamentales que vinieron a esquilmarnos en nuestro territorio, como ocurrió en Calarcá, donde la reconstrucción aún no termina. Llanitos de Gualará y el barrio Lincoln, para no decir más, hacen parte de las falencias de esa reconstrucción.

Durante años los cuyabros han elegido a corruptos para que los gobiernen, con valiosas excepciones. Hubo un tiempo en que les gustó la Anapo y las manipulaciones de los hermanos Moreno. Les encantó a los habitantes de Armenia, también, que un señor los robara en cada andén por cuenta de su eficiencia como constructor, y que convirtiera a Armenia en la metáfora de un dromedario avivato.

Durante decenios a los cuyabros les atraía que el Movimiento de Integración Liberal, MIL, administrara sus recursos desde la Alcaldía, y que convirtiera la ciudad en un casino, tachonada de maquinitas, de casas de juego y chance en cada esquina del centro de Armenia. Dejaron a la suerte, y a la billetera de un dirigente liberal, el destino colectivo, los sueños de los niños y jóvenes.

Ahora, por cuenta del arte de birlibirloque de los políticos de oficio, Armenia, en la encrucijada de su destino, se revuelca en el lodazal de sus contradicciones. Por una parte, sin sonrojo alguno, acaba de votar en mayoría por el partido político más corrupto de la historia de Colombia, por el Centro Democrático, y todavía así cree que tiene autoridad moral para enfrentar las huestes de contratistas y vividores del erario público.

Y ahí no termina lo ignominioso: un ex alcalde como Carlos Mario Álvarez, aliado desde la cárcel con el congresista local Luciano Grisales y con un político cuestionado como Julián Bedoya, intenta mantener el poder político en la ciudad.

Surgen preguntas sobre este apetito cínico del ex alcalde: ¿Acaso no tiene vergüenza? ¿Imagina que puede mantener la pantomima de que él no sabía de las intenciones y prácticas de Luz Piedad Valencia e intenta embaucarnos con la idea de que él y su esposa son víctimas de una trampa ajena?

El hecho de cercenar la posibilidad de convocar elecciones tiene un doble significado. De una parte, evade el señor gobernador Carlos Eduardo Osorio el cumplimiento de la ley, al no permitir la convocatoria de elecciones, y soslaya el sentido de las normas al no aceptar la renuncia del ex alcalde. Y de otra, porque pierde la ciudad una oportunidad de elegir un alcalde diferente, de reaccionar con dignidad, por fuera de los partidos políticos tradicionales.

Los mencionados como candidatos a la terna, incluido Roberto Jairo Jaramillo y su corte, dejan mucho qué pensar. El remedio, en este caso, puede ser peor que la enfermedad.

Es claro que en Armenia con cara pierde la ciudad y con sello ganan los contratistas y los politiqueros que hasta hoy la dominan.

¿Hasta cuándo los armenios permitirán el uso y el abuso de sus dirigentes tradicionales?

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