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JOSÉ NODIER

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LLORAN LOS GUADUALES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Es, sin duda, un carnaval de la doble moral

Lo que pasa en el Quindío, pasa en Colombia. Es lo mismo que ocurre con las empresas privadas o con los gremios del país. Se asentó, a pesar de las jaculatorias y las bendiciones de obispos o pastores, o con su anuencia, una subcultura de la ilegalidad y la trampa. Es un carnaval de la doble moral.

Se piensa, como si fuera una sentencia bíblica, que la actuación de los seres humanos, en regiones donde impera el control religioso, está modulada por el temor a Dios o por los preceptos de la moral cristiana: qué gran equívoco.

Los obispos bendicen a las administraciones y los sacerdotes echan agua bendita en los batallones, por ejemplo. Los sicarios envuelven sus muñecas con rosarios para afinar la puntería o sus tobillos están amparados por una imagen de la Virgen María para agilizar sus pies en la huida, luego de disparar sus armas.

La moral cristina, que funcionó en un tiempo como refreno de algunas pasiones, hace mucho rato está desactivada de la conciencias de los feligreses. Ese era el freno de mano en la premodernidad.

En este tiempo, los actos corruptos aumentan en las administraciones locales y en la nacional, sí, pero también en la empresa privada, donde abogados e ingenieros construyen andamiajes jurídicos y puentes levadizos para evadir la ley.

Hace pocos días, para citar un caso, algunos abogados y contadores de la Fiscalía General de la Nación amasaron un falso positivo con los supermercados Supercundi, Merka Andrea y Merkafusa -como lo dije en una columna antes de que lo evidenciara un juez de la República- en procura de favorecer en las elecciones parlamentarias a los partidos de la derecha, como el Centro Democrático y Cambio Radical. Y así pasó.

El tema de la corrupción no pasa por la pérdida de valores cristianos, como lo podría decir alguien por ingenuidad o por comodidad. Es claro: la moral cristiana poco tiene que ver con la construcción de una ética civil, que opere al lado de la participación y las veedurías ciudadanas dentro de lógicas democráticas.

No vale la pena llorar sobre la leche derramada o que ahora se diga que el Quindío está al cuello con las aguas negras de la corrupción. ¿Qué hacemos nosotros? ¿Por qué miramos para otro lado cuando los miasmas de la putrefacción empiezan a ahogarnos?

Desde hace muchos años, los colombianos sabemos que los adalides de la corrupción en el país están en los partidos Centro Democrático, Cambio Radical, Conservador y Liberal, y que jefes de esos grupos, como Uribe o Vargas Lleras, están metidos hasta las narices en actos raros, torcidos, para la ética colectiva.

¿Y qué hacemos?

Decenas, millares de personas honradas salen a votar por esas empresas criminales que se han configurado en Colombia. ¿Acaso no se probó por la justicia colombiana la compra de la reelección de Álvaro Uribe, por ejemplo, o que Kiko Gómez de Cambio Radical había delinquido o que la misma jefa de Cambio Radical en el Quindío cometió, por lo menos, faltas gravísimas contra la institucionalidad?

Llegó el momento para que una movilización de carácter civil salga al rescate de los organismos públicos y privados en el Quindío. Llegó la hora de que dejemos de votar por los mismos, con las mismas. Es tiempo de darle oportunidad a otros discursos, a otras visiones de mundo.

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