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JOSÉ NODIER

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LA REVUELTA DE MAYO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Vote, yo haré el resto

Vote, yo haré el resto, decía una consigna de Mayo del 68. La imaginación al poder, gritaban los estudiantes por las calles de París, mientras hacían trepidar el piso adoquinado. La cultura, peroraban, es la inversión de la vida.

Mayo del 68 fue una reacción en cadena del agotamiento de los franceses contra el gobierno del general De Gaulle y contra las medidas educativas del Estado francés. Y si bien se estima que esta revuelta fracasó, porque el poder no se movió de las mismas manos, su influencia simbólica convirtió a los jóvenes en un segmento poblacional decisivo en la democracia occidental.

Europa, agotada después de la Segunda Guerra Mundial, requería el oxígeno de una revuelta que le devolviera su capacidad de soñar otros mundos posibles.

Una sensación similar se vive en Colombia. Después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, por parte del Establecimiento, o del asesinato de Luis Carlos Galán Sarmiento, o de la entronización de mafias políticas a la dirección del Estado, después de millares de muertos y millones de desplazados, la capacidad de aguante de los colombianos, esa sempiterna resignación, parece llegar a su fin.

Cada uno de los candidatos a la Presidencia de la República, poco a poco, queda en su plata, es decir, muestra su verdadera carnadura. Duque, de la mano de su titiritero, dice lugares comunes y su discurso, incoloro en sus formas, reafirma una estrategia publicitaria que intenta morigerar el enunciado de guerra de su partido. Su discurso es baladí y peligroso, porque favorece que todo siga igual o peor. La adhesión de Viviane Morales dibuja de cuerpo entero esa candidatura: anclada en el pasado, extraviada en intereses mezquinos, innombrables.

Vargas Lleras, por su parte, afincado en las clientelas, apoyado por Santos, es un riesgoso enigma electoral. Su capacidad de mover el voto amarrado, con poca opinión pública a su favor, pone al país político en un dilema.

De La Calle, por su parte, traicionado por el grueso de su partido, y por el beso de Judas de César Gaviria –quien tiró por la borda su prestigio por el acuerdo de paz con las Farc– camina en solitario hacia el proscenio de su inmolación. No votar por De la Calle, por su experiencia y bondad, dice mucho sobre los malos vientos que soplan en este país de cafres. Su concepción liberal, incluyente, será restaurada por la historia.

Fajardo lucha sin desmayo por convencernos que ha configurado el mejor equipo –Mockus, López, Robledo, en fin– para hacer realidad un sueño: combatir de frente la corrupción y hacer de Colombia un país educado. Extraviado por sus pésimas y contradictorias decisiones políticas, hoy nada contra la corriente del tiempo. El resuello, como dicen los abuelos, parece no alcanzarle.

El 9 de mayo, en la plaza de Bolívar, vi en los ojos de los jóvenes el nuevo país que había soñado Gaitán y que proclamó Luis Carlos Galán para los muchachos de mi generación. Su discurso, cargado de claves históricas, propende la reconciliación, sin el olvido, eso sí.

Petro, en Armenia, parecía decirle a los humildes del Quindío, muy fuerte, muy firme: vote, yo hago el resto.

Mayo del 68 dio el punto de partida para la liberación de diversas conciencias en Occidente. El 27 de mayo podemos recuperar mucha de la dignidad que nos expropiaron los corruptos de Colombia.

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