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JOSÉ NODIER

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EL DESARME DE LA GUERRILLA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

El país tendrá que repensarse, y hacerlo para cambiar sus imaginarios de vindicta

Lo que ha pasado hasta ahora con el proceso de paz debería, a todos, hacernos pensar en lo que somos y queremos como nación.

Más de cincuenta años de guerra, y otros negándola a pie juntillas, más de 220.000 muertos, y otros desconociéndolos, más de 8 millones de víctimas, y otros ninguneándolas, debería impulsarnos a escarbar en la historia de nuestra personalidad social. ¿Por qué terminamos metidos en un barullo de barbarie y carnicería entre colombianos, y además lo toleramos como si no fuera evidente la devastación?

Duele pensar que fuera solo por defender los intereses de unas familias o élites corruptas o que, como ocurrió con la izquierda radical, fuera la expresión de un dogma doctrinario, como pasa aún con el Ejército de Liberación Nacional, que no entiende los días que vivimos, es decir que ninguna reivindicación social pasa por las armas, ya que la prioridad es configurar los términos de una civilidad contemporánea.

Mucho tenemos qué pensar. Más de 7.000 fusiles silenciados y cerca de 2.500 vidas salvaguardadas desde el cese al fuego, 1.244 días sin tomas de poblaciones, 246 días sin secuestros, 590 días sin retenes de las Farc, 371 días sin ataques a la infraestructura petrolera, expresan que ha habido voluntad de paz de los insurgentes, sí, y que el gobierno, entumecido en mucho por su propia incapacidad, apenas pudo sacar avante un proceso en el que, vaya paradoja, él mismo era su principal enemigo.

El discurso pacifista del Presidente Juan Manuel Santos encontró, en su administración, en su desconexión con el país, en su desdén por una agenda social, en su tartamudeo ideológico, un cerco de garantías hostiles que lo encerró en una burbuja, pinchada desde afuera por el simplismo repetitivo pero eficaz de una ultraderecha inmisericorde y mentirosa, parapetada en un discurso de odio que inficionó a todo el país.

Es obvio que el proceso de paz, por las concesiones hechas a la guerrilla, no es perfecto, toda vez que el grado de impunidad es mayor a lo esperado por muchos colombianos y por organismos de veeduría internacional. No obstante, ese desequilibrio juega para los dos actores principales, la guerrilla y el ejército, y solo resta esperar qué pasará con las necesidades de las víctimas, en particular en las variables de verdad y reparación.

Con la finalización del conflicto con las Farc, ese otro energúmeno que anda suelto por Colombia y por cuanto escenario internacional se preste, Álvaro Uribe Vélez, pierde buena parte de su piso político, y ahora tiene que inventar otro manojo de miedos para, como el fantasma rural del siglo veinte que es, enmascarado con su matonería, siga asustando incautos, convenciendo a candorosos e ignorantes de que él, un mentiroso redomado, nos representa en parte, cuando lo único que simboliza es la tenaz penumbra de nuestros más ancestrales temores e indecisiones.

El país tendrá que repensarse y hacerlo para cambiar sus imaginarios de vindicta, poco a poco, de tal forma que ahora, al iniciar de verdad el siglo veintiuno, podamos entender que la clave nuestra está en la reformulación de la educación, porque más allá de hacerla competitiva, como reza el manual de la globalización, la formación en el hogar y en la escuela debe traernos, de la mano de las humanidades, el arte y la cultura, sosiego y justicia social.

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