Cargando...
Logotipo calarca.net

JOSÉ NODIER

Logotipo calarca.net
Buscar dentro de calarca.net usando:
DE CIZAÑAS Y OTRAS HIERBAS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Una parte de la clase política mira para otro lado o se alía con los administradores de las rutas del microtráfico en los barrios

El Papa Francisco propaló el manojo de secretos que se escucha en las esquinas: que la cizaña crece por doquier -se supone alrededor del acuerdo de paz- porque existe una porción grande de país que desea a nuestro territorio como un escenario de guerra.

Dijo que no podíamos los colombianos dejarnos robar la alegría, como si entendiera que la corrupción se carcome a una nación sumisa, casi estulta, como la nuestra.

Dijo además que el narcotráfico es una lacra, lucrada por seres sin escrúpulos. Y tuvo la virtud el visitante, incómodo para las élites de este país y para algunos ingenuos que recitan la cartilla del poder, de vociferar lo que algunos quisieran ocultar de un todo al deslizar los residuos de la conciencia colectiva debajo de la alfombra.

Reiteraba Luis Carlos Galán, en sus homilías políticas, que un país exportador de drogas como Colombia se volvería un país consumidor. Y lo dijo hace más de 30 años para alertarnos de lo que hoy ya sucede: el tabaco y el alcohol, legales en su consumo, hoy son usados por más de la mitad de la población y una quinta parte presenta riesgos y adicciones por su abuso.

La marihuana es de lejos la sustancia ilícita más usada, con lo que implica para sus distribuidores mayoristas, es decir, para engordar las cuentas bancarias de bandas criminales, paramilitares e inversionistas privados; el 87% de los adictos consumen marihuana, la que es desde hace más de cuarenta años, su mercadeo, coto de caza de los criminales de todas las layas.

La marihuana, como producto bandera de la ilegalidad, la cocaína, el basuco y ahora la heroína, han sido la gasolina para incendiar y devastar a Colombia, ya sea desde las selvas o veredas o, como ocurre hoy, en las calles, universidades y colegios.

Ahora bien el menú de las drogas ilícitas, por cuenta de los inescrupulosos que en Armenia o en Chapinero distribuyen el dulce envenenado de la alteración de la conciencia, se ha diversificado. Mientras en Perú, Bolivia y Ecuador el 1.6% de los jóvenes declararon consumir drogas sintéticas, en Colombia ese porcentaje desde hace 8 años ya superó, y con creces, el 5%, con el éxtasis como sustancia estrella de ese mercado, cuya crueldad en sus derivas es evidente en la descomposición de millares de vidas, y de familias enteras que son destruidas por este fenómeno.

Ya no basta que un alcalde o un gobernador se ocupe de ese fenómeno. Ellos, desde sus intenciones, no pueden luchar en solitario contra la metástasis de una enfermedad, la de la droga y su ilegalidad, que derrumba los castillos de sueños de los niños y jóvenes. Las entidades territoriales, sin un esfuerzo entero de la sociedad, solo ladran a la luna, hacen un saludo silencioso a la bandera frente a las mafias que se apoderaron de la vida municipal.

Una parte de la clase política mira para otro lado o se alía con los administradores de las rutas del microtráfico en los barrios.

Calarcá, Armenia, Montenegro, Quimbaya, Bogotá, Cali, Medellín, en fin, están inundados de drogas ilícitas, eso ya los sabemos.

Lo que yo no sé, y me gustaría saberlo, es cuándo reaccionaremos en conjunto frente a la disolución social y ética de nuestros pueblos.

OTROS ARTÍCULOS