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JOSÉ NODIER

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COMISIÓN DE LA VERDAD

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón

En el pasado la verdad para la gente tenía una concepción ética o judicial, porque estaba vinculada solo a la moral religiosa. Se entendía desde la conciencia que decirla era una manera de no sentir culpa; y desde lo judicial, podía evitarnos caminar los pasillos de la duda y de la incriminación.

La verdad, como la existencia, se volvió compleja, porque la civilización descubrió, los filósofos -y los niños- que ella va más allá del maniqueísmo católico, y que los matices de la cotidianidad podían definir en un detalle, en un claroscuro, que la certeza no la podíamos repartir entre supuestos buenos y malos.

Hay tanto de verdad en una mujer que escapa de la violencia de su marido y que miente por ello, como de sensatez existe entre quienes intentan, con sus disfraces, evitar la explosión de una bomba atómica en el patio de sus naciones. Hay tanto de verdad en el amor que le tengo a la mujer que me desquicia, como el entrañable romanticismo entre dos muchachas o muchachos que se aman, y que se ven obligados a entramar la realidad.

El concepto de verdad en la civilización occidental, tiene su ligazón íntima con el cumplimiento, para el colectivo, de la ley.

Decía Desmond Tutu, quien presidió la Comisión para la verdad y la Reconciliación, en el proceso para poner fin a la segregación racial en Suráfrica, el conocido Apartheid, que "Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón".

Y es verdad. Son tantas las tergiversaciones, los ocultamientos, los engaños, las manipulaciones descaradas, las omisiones monstruosas, que solo una comisión de la verdad, un organismo independiente, sin conexión judicial, nos podría a llevar a esclarecer tantas oscuridades en un conflicto tan largo, máxime ahora cuando la Corte Constitucional dijo que los terceros o civiles no podían ir a la Jurisdicción Especial para la Paz, sin que medie su iniciativa o voluntad.

Necesitaríamos saber, como lo sospechamos desde hace tiempo, si los empresarios y terratenientes financiaron en parte la acumulación de este océano de sangre o si, por ejemplo, Álvaro Uribe Vélez, auspiciador de las Convivir, tiene una conexión específica y determinante con los grupos paramilitares, como lo sugieren algunas instancias judiciales que han pedido, sin éxito alguno, que lo investiguen de acuerdo con su fuero de ex presidente.

En Argentina se recuerda la participación del escritor Ernesto Sábato en la orientación del "Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas". En ese trabajo, "Nunca más", se compiló la evidencia de la desaparición de 8.960 personas, cifra que no pudo considerarse definitiva, pero que abrió la puerta para el juzgamiento de los militares argentinos que avasallaron con la democracia y, claro, con la dignidad nacional.

La designación de un grupo de 11 personas para integrar la Comisión de la Verdad, un acuerdo de La Habana, y en especial de Francisco de Roux como presidente, sacerdote Jesuita y entidad moral de nuestra nación, nos permite esperar tranquilos sus resultados.

Al menos, al menos, pensaremos un poco en la necesidad de la revelación de ciertas verdades, por truculentas o elegantes que ellas sean. No podrán los halcones, los amigos de la sangre, decir ahora que todos debemos taparnos con la misma cobija de la impunidad.

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