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CIUDADES INVIVIBLES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Armenia ha vivido varias desgracias en cascada

En un prólogo al más maravilloso libro escrito sobre las ciudades, Las Ciudades Invisibles, Italo Calvino sugiere que ellas se convierten, a veces, en espacios invivibles y, peor aún, en infelices. Un mordisco lleva al otro. Tanto así que su libro termina con una frase magistral: "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio".

Me gustaría bailar de alegría por el cumpleaños de Armenia, la capital del Quindío, la hermosa ciudad de nuestros sueños, esa ciudad utópica que dice el mismo Calvino en sus relatos que aunque no la descubramos no dejamos de buscarla.

A tientas pienso y escribo, justo cuando ver el universo en medio de luminarias y avisos de neón cada vez se hace más difícil. Nuestras miradas ya están opacadas por las cataratas de un capitalismo despiadado, que nos marea. No nos deja ver de frente: encandila y obnubila.

Las ciudades se fundan al lado de los ríos y con la idea de un grupo de seres humanos que desean vivir en comunidad. Compartir las noches de alegría y lo que ellos suponen pero no previenen, obvio, las horas de la tragedia.

Armenia ha vivido varias desgracias en cascada. Beber, casi en silencio, la sangre de los muertos de la guerra civil que se desató en 1948, y que apenas termina, a pesar de nosotros mismos. Pensar que el caciquismo político, como aún lo piensa, es la salida más rentable y fácil para sus líos de crecimiento. Imaginar que el paisaje nos da un lugar de privilegio en el planeta: este lugar es solo un bello accidente. Creer, como cree, que no se requieren políticas públicas para enfrentar estos tiempos y que la iniciativa privada o la privatización de los bienes comunes nos salva. El terremoto de 1999, que más que matarnos y dañarnos los edificios nos redescubrió como precarios, vulnerables y convenientes. Y cómodos: a causa de la vida subsidiada por la compasión ajena.

Bailaría de alegría con Herencia de Timbiquí, por ejemplo, si los cuyabros pensaran que volver su mirada a la naturaleza, a su núcleo primario, es una buena forma de celebrar su cumpleaños; Si algunos desalmados dejaran de envenenar los perros y los gatos del vecindario, de tal forma que redescubrieran en la vida, en cualquier vida, la razón de la existencia colectiva; Si imaginaran que el agua, y sus cañadas y pendientes, son una fuente de vida y no el reservorio de sus basuras y desdichas; si creyeran que llegó la hora de arrebatarle a las élites desarrollistas la oportunidad de fabricar frente a los ojos de todos las estructuras metálicas de nuestras pesadillas; si dejaran de pensar en el prurito de construir, por construir y vender, y reconocieran que hacerlo sin medida tan solo nos dejará enfermos de la mirada, sin paisaje a la vista, y paralizados dentro de las cuatro paredes de una cárcel elegida; Si entre todos pudiéramos configurar un espacio para los seres humanos, y no tanto para los carros y las motos, y sus humaredas; si dejáramos de creer que este turismo depredador, de plásticos y desechables, es la salvación económica.

Habría que darle espacio a la utopía de vivir. Respirar bien, tomar agua, comer pan, reír, y mirar por nuestras ventanas.

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