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JOSÉ NODIER

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CARTAS ABIERTAS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

La ejecución en la gobernación es lenta, pesada y se enmaraña en los comités oficiales

Hace pocos días el crítico literario Ángel Castaño Guzmán, quien además de columnista es colaborador de la Revista Arcadia, de El Espectador y de algunos portales de Internet, le escribió una carta al gobernador Carlos Eduardo Osorio Buriticá, para pedirle que no se dejara encerrar en una cárcel de espejos por los asesores y que no defraudara el voto de confianza de los ciudadanos.

Muchos quindianos creímos que el Padre Osorio Buriticá cumpliría su palabra de transformar al Quindío, de sacarlo de esa burbuja sucia, de ese albañal nauseabundo en que se había convertido por cuenta de una estructura política dañina, que menoscababa la estima colectiva y los asuntos del Estado.

Pensábamos, también, que su grito de renovación política se habría de convertir en un fenómeno colectivo, en un despertar ciudadano que movilizaría la conciencia grupal, de tal manera que empezáramos otra historia comunitaria.

Creo que Ángel Castaño, por la brevedad de su misiva, no alcanzó a decir que, si bien la esperanza sigue vigente, hay muchos indicios de que las cosas como van, no van bien.

Sabemos que el sistema político colombiano es un nido de corrupción, y que en las elecciones compiten quienes más amarres tengan, sí, amarres clientelistas, y quienes puedan financiar ese mercado persa de los votos, con contadas excepciones. Muy poco se puede hacer contra esa realidad, a no ser que la población votante se sublevara, actitud que en el Quindío es y sería rara por escasa.

Lo que sí me parece claro es que el señor Gobernador, como pasa con muchos seres humanos que acceden al poder, es prisionero de sus asesores y que su discurso político, construido con sus largas caminatas por el Quindío, sin corbata y sin cálculos pragmáticos, perdió fuerza entre las cuatro paredes del palacio de gobierno.

Perdió fuerza porque no ha habido, desde la base, desde los colegios y universidades, desde todos los foros y los espacios, la educación política que requerimos y la organización de la sociedad civil alrededor de la construcción de una ética ciudadana. No se ha avanzado en un proceso deliberado de formación política, que nos permita reflexionar y actuar de manera crítica sobre la situación del departamento del Quindío.

La realidad es palpable y angustiosa en los indicadores sociales, y el Plan de Desarrollo del Departamento llega, sí, pero solo en enunciados, porque su ejecución fue paralizada por la tropa de jurídicos del departamento, quienes pusieron a hibernar, entre incisos y cláusulas, el ideal del bien común. La ilusión del gobernador fue encerrada por ciertos asesores en un salón de espejos. La ejecución en la gobernación es lenta, pesada y se enmaraña en los comités oficiales.

Otro asunto que nos complica, y de qué manera, es el protagonismo que el dinero del narcotráfico y las dinámicas del expendio de alucinógenos, al menudeo, asumen en los municipios del Quindío. Calarcá, por ejemplo, cunde de actividades ilegales, y las bandolas reinan en múltiples espacios sociales. Vamos en camino de convertirnos en el Quindío en una versión de traquelandia.

El Quindío vive la encrucijada de las sociedades modernas: quiere las mieles del progreso sin importar el cómo. Y un líder, como el padre Osorio Buriticá, debe decirnos y desbrozarnos el camino del desarrollo sostenible, centrado en el ser humano.

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