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JOSÉ NODIER

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CAMINO DE INCERTIDUMBRE

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Dejar de pensar, con ingenuidad, que se llega a tierra prometida sobre los hombros de los corruptos

Doscientos años después de la independencia de España, Colombia lleva 20 años de travesía por el desierto político de la ultraderecha y derecha políticas. Un periodo del partido conservador, liderado por Andrés Pastrana, dos períodos de Álvaro Uribe Vélez y otros dos de Juan Manuel Santos.

Hablo de un desierto porque el país al día de hoy —más rico, más modernizado— no encuentra en su camino un oasis para la mayoría de su población. Fue entregada la salud pública a los mercaderes de la muerte —las EPS—; las empresas de servicios públicos fueron desguazadas y vendidas a particulares; la justicia colapsó hace rato, y el hacinamiento de cárceles y la impunidad son las derivas de la ineficiencia y la corrupción del aparato; la educación pública, si bien avanzó en este tiempo, cada día recibe menos recursos en relación con las responsabilidades asignadas; y el sistema bancario, en manos de dos o tres familias, determina una posición dominante de sus propietarios, convertida, como el mismo sector de comunicaciones telefónicas y virtuales, en un abuso cotidiano.

El país ha cambiado, sí, porque más sectores productivos hoy son explotados y su riqueza incrementada en términos macroeconómicos, y más moderno, también, pero la pobreza, a ojos vistas, aumentó. Cambiaron los guarismos para medirla, claro, pero las periferias, los barrios pobres, la informalidad laboral, la nación sisbenizada, la deserción escolar por hambre, los niños muertos en el Chocó o en La Guajira, hacen parte de esa angustia que se vive y mide en las esquinas y calles de Colombia.

Casi todo en el país está desordenado y perdido. Millones de colombianos no tienen una esperanza y ni siquiera un sitio dentro de la sociedad, y en cambio las actividades ilegales, el narcotráfico o el robo al erario público, se han convertido en una forma plausible de emergencia social. Muchos colombianos, como ocurre con el desespero de millones de venezolanos en su territorio, no encuentran un lugar para sobrevivir dentro de la sociedad. La exclusión social y económica, en términos reales, condena a la marginalidad a millares de jóvenes, mujeres y ancianos.

Andrés Pastrana fue un presidente inane, casi banal, que salvó la camisa y el pellejo para la historia por el relativo éxito de la reconstrucción del eje cafetero después del sismo de enero de 1999; Álvaro Uribe Vélez fue un mandatario activo, casi delirante, quien nos sumió en el apagón moral más pavoroso en dos siglos y concentró la riqueza del país en pocas manos; y Juan Manuel Santos, desdeñoso, no tuvo carácter para convocar al país en la desactivación de conflictos históricos.

Colombia no ha tenido respiro en su camino de incertidumbre. "Un desierto grande e inspirador de temor, con serpientes venenosas y escorpiones, y con suelo sediento que no tiene agua", como dice la descripción del Deuteronomio 8:15, cuando refiere los cuarenta años de la nación israelí por el desierto de Sinaí.

No es posible volver los ojos atrás, pero es necesario restregarlos y evitar los espejismos de la tierra árida de nuestras retinas. Dejar de pensar, con ingenuidad, que se llega a tierra prometida sobre los hombros de los corruptos.

Más ricos y más pobres, más modernos y más rezagados, son las sumas que nos dan una nación menoscaba y con menos ilusión compartida.

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