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JOSÉ NODIER

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CALUMNIAD, CALUMNIAD...

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

No podemos pensar que la diferencia nos hace enemigos

Colombia lúcida y demente. País de ternuras explicitas, sí, y también de andaduras por senderos minados por el rencor y el resentimiento.

Lo digo porque sorprende que mientras los ex guerrilleros de las Farc, esos bárbaros travestidos de políticos de izquierdas se sientan frente a los ex paramilitares, esos pavorosos agentes de la ultraderecha de Colombia, para conversar sobre sus tropelías y sobre la necesidad de recuperar la verdad del conflicto, en tanto ello ocurre, al mismo tiempo en los medios y redes sociales se enciende una guerra incesante de calumnias e infamias.

Otra guerra contemporánea: ahora de mentiras y de verdades a medias, de verdades acomodadas y falsedades enmascaradas de verosimilitud. Una sarta de significados hechos a la medida de intereses personalistas o de alguna facción política. La palabra hecha propaganda negra. Camisa de fuerza que nos es impuesta, amacizada, por los medios de comunicación y por ese Triángulo de las Bermudas que es la virtualidad. Agujero negro de nuestras ansiedades más recurrentes y exhibicionistas. Narcisismo puro y duro.

Hace pocos días el periodista Felipe Zuleta cerró su cuenta de twitter porque estimó que ese medio, más que un canal de comunicación o una red social, es una cloaca: un acuario sucio, un desagüe de complejos y perversiones.

Y antes de eso el inefable Álvaro Uribe Vélez, ese líder soberbio y enfermo de las derechas de Colombia, difamó a Daniel Samper Ospina acusándolo de violador de niños, como si sus palabras, cargadas del ácido de sus odios eternos, tuvieran patente de corso para el abordaje a honras ajenas.

Y aquí en el Quindío, con la vociferación de algún medio nacional, cuya irresponsabilidad es evidente, se ha querido sin mediar proceso y fin de una investigación judicial, enlodar el nombre de algunas personas cercanas y del mismo Gobernador del departamento, Padre Carlos Eduardo Osorio Buriticá.

Es una anomalía pensar que el solo hecho de la ocurrencia de una muerte en un predio, de cualquier persona, implica o involucra a sus administradores y propietarios o a los amigos de los mismos.

Los líderes sociales Darío Ospina y Carlos Eduardo Osorio, como su mismo detractor Emerson Castaño, un columnista de este diario, son personas valiosas, de las que se puede discrepar, claro, pero de quienes uno no puede dudar con la alegría de la palabra saltimbanqui. No. No podemos caer en el desquiciamiento de la calumnia fácil o de mirar la realidad por el prisma espasmódico de nuestras obsesiones.

Los quindianos conocemos desde hace años la labor social de Darío Ospina, y su vínculo con la Fundación Shambalá, de la naturaleza que sea, no lo convierte en sospechoso porque sí, porque a un columnista o a cualquiera que pergeñe palabras en línea se le ocurra.

En Colombia algunos periodistas, y muchos políticos, usan el privilegio del uso de la palabra para tramitar sus intereses, sus obsesiones o sus perversiones. Los diarios y las redes sociales, como fatuos escenarios de exhibición, convierten a los lectores y espectadores en víctimas de enmarañados móviles personales.

No podemos replicar en el Quindío los términos de una sociedad extraviada en la velocidad de significados maniqueos. No podemos pensar que la diferencia nos hace enemigos y, menos, que nos avala para difamar al otro: calumniad, calumniad que algo quedará explicaba Francis Bacon en 'De la dignidad y el crecimiento de la ciencia'.

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