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JOSÉ NODIER

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EL OLOR DEL ENCIERRO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Libaniel Marulanda es, a mi manera de ver, de nuestra región, el escritor más coherente y honrado en su estética

Los aromas de la infancia son un equipaje de la memoria personal. Van y vienen, y cada vez que los sentimos la vida desbocada late en nuestro pecho. Recuerdo los olores del barrio San José, por la calle 37, porque una panadería inauguraba cada día la nariz de nuestros deseos. Aroma a masa aliñada y recién salida del horno, a leche fresca derramada, a pan de coco. Pasaba en la tienda de Ramón, y allí, en las tardes, también olía un poco a vinagre.

El pasado de Colombia huele a pólvora, a aceite quemado y a cuerpos rancios, almizcle que se funde con una historia repetida al infinito, es decir, que los campos de Colombia, sus lodazales o sus áridos valles, escenifican esa batalla campal, olorosa a sudor, que no termina. Como una marca de nacimiento, a muchos nos toca ver el fogonazo que mata o el olor a muerto que nos despierta del sueño y convierte la vida en una pesadilla.

Desde la publicación de La luna ladra en Marcelia, hecha en 1995, y a través de la publicación de sus crónicas, Libaniel Marulanda es, a mi manera de ver, de nuestra región, el escritor más coherente y honrado en su estética, en particular si hablamos de contar lo que somos desde la entraña, y no desde los artificios literarios o desde las poses de un estilo excéntrico.

Libaniel ha descifrado con su ficción el ser quindiano, si esa amalgama social existe de verdad, en una indagación que él no culmina y que pretende saber cómo somos, sin darle cabida a los clichés de la industria turística.

No acepta pues su postura ideológica o su literatura la propaganda fácil de nuestra supuesta bondad o de que poseemos el don de la hospitalidad, al mismo tiempo que maldecimos la llegada de los bogotanos a esta zona o ahora, como le escuché a un amigo enardecido con la invasión de los bolivarianos, los venezolanos, al Quindío.

Libaniel Marulanda, su obra narrativa y periodística, es un punto de encuentro, un puente levadizo entre la tradición y la modernidad. Bien lo dijo el profesor César Valencia Solanilla en el prólogo de su libro de cuentos: "Historias todas ellas signadas por el peso de la derrota y la desolación, con chispazos elocuentes de humor negro, pero en las que es evidente el propósito del autor de plantear ese fondo tragicocómico que envuelve nuestra identidad individual y colectiva".

"El olor del encierro" es un cuento, ahora convertido en una obra de teatro que se estrena este sábado en la Casa de la Cultura de Calarcá -con entrada libre-, y con la dirección de Diego Ricardo López, y con la asesoría de Jhoan Manuel Ospina y Luz Marina Botero, garantía, todos ellos, de una eficaz puesta en escena.

De la obra de Libaniel dice el crítico literario Ángel Castaño: "Es una obra profundamente autobiográfica y generacional. Sus cuentos, crónicas y canciones son testimonio elocuente y vital de los sueños de una generación de colombianos que llegó a la mayoría de edad cuando el padre Camilo tronaba contra la injusticia. El lenguaje trabajado con paciencia del artesano y el oído del músico empírico es el elemento característico de sus escritos".

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