Regresé a la decimoséptima Feria Internacional
del Libro de Bogotá convencido de que es uno de los escenarios de Iberoamérica más
importantes para el encuentro de las culturas. Un espacio real donde la producción del
pensamiento local y global se dan cita para enriquecerse en un juego de espejos que devuelve la
mirada, propicia el reconocimiento, y multiplica la percepción del yo y del nosotros.
Regresé convencido de que este año Colombia celebraría allí el centenario
del nacimiento de Luis Vidales, el poeta quindiano que subvirtió con Suenan timbres el lenguaje
parnasiano de la poesía colombiana a principios del siglo XX, introdujo la sutileza del humor
en el torrente sacramental de la producción poética nacional y comprometió también
su vida y obra para reclamar la justicia y la igualdad entre los hombres desde su trinchera intelectual.
Regresé con la íntima esperanza de que este año los colombianos harían recircular
la obra de Vidales un poeta nacional, con méritos suficientes para ser rescatado del olvido, para
figurar en las antologías latinoamericanas y para ser disfrutado y redescubierto por las nuevas
generaciones de lectores nacionales y de escritores internacionales que se dan cita en Bogotá.
Pero su nombre ni siquiera apareció en la programación oficial de la Feria.
Perú fue el país invitado. Asistí a la conferencia de Alfredo Bryce Echenique sobre
las condiciones creativas de sus novelas. Cómo Vidales, Brayce Echenique es un caricalomista irremediable;
el humor desmesurado, desacralizador y subversivo, heredado de Cervantes y de Quevedo, es el hilo conductor
de su producción literaria. Presencié el diálogo suscitador entre Bernardo Hoyos
y el pintor peruano Fernando de Szyslo; su conversación tranquila, la riquezas de vivencia y anécdotas
vitales me dejaron una sensación de calma y sabiduría ajena a las vanidades humanas. Me
sorprendió
entre los escritores peruanos la claridad conceptual de Iván Taiz y su ensayo magistral
sobre la forma cómo abordan el ejercicio literario los jóvenes escritores latinoamericanos
desde la desconfianza.
Disfruté del lenguaje del cuerpo en el programa La danza se lee, promovido por el Instituto Distrital
de Cultura, como una posibilidad de reflexión sobre el proceso creativo de los coreógrafos
distritales. No pude asistir a la conferencia de Lobo Antunes, considerado uno de los más importantes
escritores de Portugal, pero me conmoví
con la iconografía monumental de Cortázar, una exposición internacional
itinerante que conmemora el centenario de su nacimiento. Un pabellón donde los visitantes
se sumergen en creaciones visuales sobre su obra, escuchan fragmentos de sus textos, y se internan
en sus
íntimos momentos, a través de ese territorio de tiempo detenido que es la fotografía.
El homenaje de una nación que no deja morir a sus escritores.
Aún no termina la fiesta de la palabra y falta todavía el homenaje que la Feria tributa
a otro poeta en su centenario: Don Pablo Neruda, ese hombre aguerrido, de inmensa nariz y ojos generosos,
que compartió con Vidales una ideología, el regocijo en la palabra y un compromiso sin
límites con los desposeídos, con los hermosos hombres y mujeres de la tierra que cotidianamente
entonan, sin saberlo, sus más encarnadas Odas Elementales. Participaremos el próximo 2
de Mayo de La lectura Sin Fin: Confieso que he vivido, pero lamentando también la invisibilización
progresiva de Luis Vidales.
Vidales no está, no existe, ha sido borrado de la historia literaria nacional. Agoté la
programación de la Feria. Busqué
en los eventos programados por el Ministerio de Cultura, ni una mínima mención.
El Ministerio parece estar desinformado sobre los valores literarios del interior y prefiere
priorizar las lecturas sobre la música del Caribe en la obra de García Márquez.
Recorrí
toda la feria buscando a Vidales y no encontré el más breve indicio, ni una reedición
comercial de su obra paradigmática, aquella que timbró y timbró a las
puertas de la modernidad en la poesía colombiana. Los editores son comerciantes, no
les interesa apostarle a libros que no sean best seller y los organizadores de la Feria parecen
padecer arribismo literario, pero ambos incrementan el complejo de inferioridad que históricamente
hemos padecido los colombianos, que nos lleva a olvidarnos de nosotros, a considerarnos el
margen extremo de la periferia. Busqué el estand del Quindío, tal vez allí dieran
cuenta de su existencia. Nada. Los mandatarios locales y la dirigencia regional no saben leer
la cultura y no entienden la importancia de tener identidad y una voz singular que nos represente
en el contexto de la producción simbólica nacional e internacional. No aportan,
no le apuestan a constituirse como entidades territoriales con características propias
y, sin embargo, se precian de las quiméricas ventajas económicas que produce
el turismo regional. Un turismo frívolo, sin rostro, sin identidad, con la peor de las
pobrezas: la pobreza mental.
No. Vidales no está. Es otro más en la larga lista de este país de desaparecidos.
En la Feria del libro no suenan timbres. Como al poeta Baudilio Montoya el año pasado, a Vidales
se le está condenando al paradójico ostracismo de una celebración regional.
Carlos Alberto Villegas Uribe.
Bogotá, Feria Internacional del Libro. 2004 |