Por: Carlos Alberto Villegas Uribe
A los colombianos residentes en el extranjero quienes seguimos con interés el acontecer de
nuestro pais, nos resulta preocupante que seis calarqueños tengan que recurrir a las
vías de hecho para reclamar por los derechos civiles y constitucionales.
Y así como nos llega la propaganda de la alcaldía de Calarcá, en la que divulga a
través de la red su elección como la mejor administración quindiana o su
pretendida generosidad con los deportistas calarqueños, también nos llegan, a
través de Calarca.net y de los múltiples recursos de la aldea global, las denuncias de
ciudadanos e intelectuales sobre obras faraónicas como el esperpéntico Mirador de
Calarcá o el leonino contrato con Davivienda por sumas que endeudan el futuro de
generaciones de calarqueños y calarqueñas.
Y preocupa, mucho más para las personas interesadas en el desarrollo económico,
político y cultural de nuestro pueblo, que mientras se invierte en un pavimento que
dudamos prioritario para el desarrollo del terruño, se dejen morir iniciativas como
las de Palosanto, El Museo Gráfico de Calarcá, o el Taller de Grabado del maestro
Henry Villada, de mayor prioridad para el desarrollo humano que el oscuro asfalto. Proyectos
estos últimos que encajan perfectamente en un departamento que le apuesta al turismo
como una alternativa de desarrollo, porque si el turismo olvida su raigambre y el espíritu
de su gente, sera un turismo tan devastador como las chimeneas industriales que quiere evitar
para su entorno natural.
Pero preocupa aún más que el alcalde haya podido avanzar con sus proyectos
alelados, porque para hacerlo debió contar con el permiso de un consejo municipal
que se supone democrático.
Claro que en un país como Colombia, donde la corrupción
se ha instalado en el propio sillón presidencial, desde donde se desinstitucionaliza
la nación y se ha cambiado la constitución articulito por articulito a base
de canonjías, Yidis y parapolítica para satisfacer anhelos mesiánicos,
no es extraño que los politicos de pueblo se vendan por un plato de lentejas. Y tampoco
es extraño que los ciudadanos tengan que recurrir a las vías de hecho. Ya lo
tuvieron que hacer los indígenas del Cauca, anticipando el relato cinematográfico
de James Cameron.
Como tampoco debe parecer extraño que después, esos ciudadanos que actúan
cívicamente porque no encuentran en la fiscalía y en las distintas entidades de control
político los medios adecuados para detener los actos indebidos de políticos corruptos,
sean considerados o tildados de terroristas o asociados con fuerzas oscuras, una estrategia al uso
para justificar las tropelías de los poderosos y la desintitucionalización que vive
Colombia. Y si no que le pregunten a Holman Morris, para solo evidenciar la punta del iceberg.
Por estas preocupantes razones quiero invitar a todos los calarqueños residentes en
el extranjero, en particular a los visitantes al blog de la promoción del 78, y egresados
del Colegio Robledo, para que se enteren sobre lo que sucede en Calarcá y dejen oír
su voz de inconformidad con aquellos proyectos faraónicos y mesiánicos que
truncan el verdadero desarrollo de los calarqueños, los quindianos, los colombianos.
Raro el silencio de La Crónica sobre el hecho. ¿Será que de verdad no
está pasando nada?
CARLOS ALBERTO VILLEGAS URIBE
Madrid, enero 25 de 2010.
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