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Por: Óscar Zapata Gutiérrez
(zapataosc@gmail.com)
Enclavada en un costado de la cordillera central a su paso por el Quindío una población recién
salida de su cascarón de aldea, con profundos acentos macondianos, vio pasar
por sus calles un desacostumbrado desfile rumbo a la explanada del barrio San José que albergó
durante muchos años el colegio de monjas vicentinas obligatorio paso educativo de sus ancestrales
pobladores. Un devastador terremoto lo rebajo de su condición de claustro a la de sobrecogedoras
ruinas y de ahí a la de terraplén y morada de paso para circos, atracciones mecánicas, festivales,
venta de arepas o albergue de pandillas juveniles hechos a la medida para
que en la sombra de la noche se concitara el acecho y el protagonismo del accionar de los delincuentes
nocturnos.
¡Viene el circo! dijo un vecino del lugar – Vienen la algarabía de los curiosos,
los altavoces , el rugido de los leones, el movimiento retórico de los payasos
y los protagonistas de un espectáculo por el que unos sienten aversión o
miedo compulsivo o la alegría interior y exterior de quien ve la oportunidad de distraer a
los niños que poblarán las graderías o los palcos de los pudientes que entre ruidos y crujir
de confituras posarán para el diminuto telescopio con la foto de rigor o la postal o el osito
de peluche como recordatorio del espectáculo circense.
Por mi parte, vi pasar la caravana sin
carga emocional, con el temple del anciano que entre indulgente y tolerante
ve ventajas para todos, episodios inéditos, páginas nuevas y anécdotas con
potencial literario y oportunidades narrativas.
Lejos de la curiosidad, el sabor de los hechos
cumplidos me desplaza por la imagen desplegada de la carpa sin erguirse todavía
en trance de zarpar como los barcos de vela con el accionar de una tripulación
ajetreada con los oficios propios de la embarcación. Esta vez, un raro silencio se dispersó
en el sector, como jamás había sucedido con otros eventos y sin augurios y sin expectativas
un contingente de protagonistas toderos fueron ubicando, con el mas estricto y riguroso orden,
montones de hierro, lonas, carruajes, jaulas, baterías sanitarias, kioscos de boletería junto
con la demás parafernalia que identifica la razón social anunciada en los vagones con enormes
ilustraciones, emblemáticos colores, gráficas con gigantescos íconos de un descomunal león.
Mis
rutinas de ciudadano corriente fueron interrumpidas por las solapadas preguntas
de Alejandro Osorio que con sorna me indagaba sobre hechos insólitos que
en la mañana habían sucedido a mis espaldas por cuanto soy vecino del lugar
– Los ignoraba por completo y su carácter dramático provoca la curiosidad
que originaba su relato. Dos de las leonas del circo escaparon en la madrugada
y merodeaban por los lados del sector. Sin más noticias me dirigí al teatro
de los acontecimientos. Una llamada del escritor Hugo Hernán Aparicio, urgido
de información para sus oportunas y enjundiosas crónicas, me solicitaba fungir
como informante confiable para estar al tanto de los sucesos.
Mi sorpresa
fue creciendo como en una sinfonía Beethoveniana y el asombro mayor cuando
el sitio en donde había de levantarse la carpa lo atestaban medios informativos
regionales, locales y nacionales además de docenas de curiosos y autoridades
desplegando determinaciones y actas de decomiso de especies animales sin
precedentes en la comarca.
Mónica Jaramillo, hija y nieta de consagrados
escritores calarqueños oficiaba como funcionaria de la CRQ la diligencia
de decomiso de la fauna rodante y su reclusión en una estación de la entidad
en las proximidades del Jardín Botánico del lugar.
Ocho días después del
despliegue noticioso que registró la fuga de dos leonas de su jaula, la explanada
recuperó sus dimensiones normales y el vendedor de arepas paisas recupero
el espacio ocupado, durante meses enteros, con su asadero. Hoy era testigo
de primera magnitud de la despedida del circo que, a esta hora con todos
sus habitantes, continúa liando bártulos sin rumbo conocido, sin estreno,
sin sus leones, sin que la población acudiera al espectáculo, sin que las
curiosidades
desatadas por su destino final encontraran respuesta o su disolución o su
muerte estuviera definida. Se canceló la presentación por el cautiverio de
las generaciones de la pareja que procreó una descendencia de cinco ejemplares
adultos y dos cachorros de escasos meses de nacidos, hoy día, a la espera
de la formalización de sus destinos finales en el lugar o lugares adecuados
según los ordenamientos del régimen de fauna.
Inciertos destinos paralelos
y convergentes por causa de los dos ejemplares que según titular del diario
Q´hubo se gestaron en el hecho insólito de que dos leonas de un circo (Chira
y Chiquita) que apenas iba a instalarse dieron su único espectáculo al escapar
de su jaula a las cuatro de la mañana del día anterior. Esa fuga que duró,
según lo informa la publicación. de tres a cuatro horas registró una secuencia
ininterrumpida de hechos que comenzaron con el pánico que el inesperado encuentro
con una de ellas le proporcionó a María Cecilia Delgado quien se aprestaba
a comenzar con su oficio de recicladora. A esa hora encara una gigantesca
leona que la corretea amenazante y de la cual se defiende con sus lonas destrozadas
por los violentos manotazos y la muerte de su perro que la seguía en su oficio
por todas partes. Al tiempo que irrumpió en los dominios del sector en donde
se armaría la carpa para dar cuenta de la fuga de los ejemplares,
lo hicieron varias unidades de la policía que habían sido alertadas por la
familia Gómez en donde Chira encontró la motocicleta que destrozó con sus
potentes colmillos y cuyo ruido despertó a los siete moradores de la familia
que abandonaron el predio a cuyo techo huyó el felino y del que cayó al
interior de la vivienda recorriéndola palmo a palmo para culminar su terrífico
recorrido emprendiéndolas contra un enorme colchón que destrozó con evidente
apetito hasta que los incrédulos bomberos y la policía y los domadores del
circo se apersonaron para devolver la calma y retornarlos a su circense cautiverio
en el Circo Gigante Americano. No hubo, por ventura, víctimas humanas. Podría
haber sido catastrófico el balance al que sólo se puede acceder por cuenta
de la imaginación especulativa. ¿Quién abrió la jaula? ¿Quién desenlazó los
acontecimientos que entre insólitos y conmovedores pudieron ser trágicos?
Lo cierto de todo al momento de escribir este texto, la carpa del vendedor de arepas se levanta,
de nuevo, mientras nada se sabe del triste destino del circo- no se si muere
para el mundo del espectáculo frente a su absurdo destino que, peor que el
de los circos malos no tuvo ni siquiera la opción del debut, del gancho y
de la despedida en mismo día.
Un par de leonas en una jaula de zoológico
o de circo no pasan de pasivos protagonistas de un cautiverio descontextualizado
de su origen selvático. Sueltos en un perímetro urbano son los protagonistas
de sucesos que disparan insospechados resortes administrativos, periodísticos,
trágicos, o literarios. Extraña paradoja la de un circo que estuvo y que
no estuvo y la de sus pobladores que como cualquier mortal, luchan en colectivo
por una subsistencia congrua y legítima mientras en el planeta se sigue abriendo pasó la incertidumbre
y la zozobra. ¡Qué circo! |