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Por: Óscar Zapata Gutiérrez
(zapataosc@gmail.com)
Dentro de su pequeño aposento se relajó en un profundo abandono de sí mismo, de olvido inofensivo, y
comenzó por reparar en los colores neutros de los grandes dibujos anodinos del techo unos y de las paredes
los demás. Sobre su lecho permanecía inmóvil, somnoliento, en un intenso descanso absoluto. Perdía toda
noción de espacio sin sentir el tiempo por la inmovilidad tenue que lo poseía. No supo si cruzó las
fronteras del sueño para habitarlo como tantas veces. No supo si soñó o estuvo a merced de los sutiles
arrebatos de la fantasía o de los febriles desenfrenos de su mente. Lo único cierto, en consonancia
con su arrobamiento, era su consciente disposición para respirar con una rítmica, constante, prolongada y
lenta respiración hasta sentir que el sueño llegaba de nuevo. Se incorporó para tomar un libro y
deslizarse por entre las páginas abiertas al azar. La meticulosidad científica de sus movimientos le
restaba a su carácter y derivó en la idea de que todo sirve para armar un cuento. Cada detalle para
ensartar en el hilo conductor del tejido.
Anduvo con su pensamiento puesto en las calles que recorría todos los días. Daba gracias por estar solo y
saborear en detalle lo que sus días en provincia le deparan. Calles atestadas o solas, sucesos apretados,
tropeles sin estilo ni sintaxis. Relee con extremo cuidado en la pantalla que todavía conserva frescas las
vivencias en el perpetuo movimiento de una prosa sin autor determinado. Todo proviene del disparate e
incoherente colectivo. De todos modos loco y comprensivo al mismo tiempo. Retomaba las miradas de los
menesterosos y sus procederes, de sus reproches y súplicas, de sus gestos. Reparaba en la indiferencia de
los muchos, en la evidente intención de los vendedores ambulantes. Volvía con extrema complacencia en las
voces rotundas, en las adocenadas expresiones del vulgo, en las inexpresivas calles originadas en una
plaza dura desierta de árboles, de jardines, de casi todo vestigio de vegetación, de saturación de cemento
y adoquines, de perros callejeros, de somnolencias colectivas, de soledades, de arrogancias, de
transeúntes sin rumbo. Encontró, desde ahí, cientos de lugares que en su vigilia no había identificado.
Todo estaba colocado en forma desordenada en ese suelo duro y cientos de objetos desparramados en el mayor
desorden en esa ciudad que habito y que me habita. Un nido de amor hecho con los años y el lecho
irrepetible, sin retrospectiva del crisol de la pequeña historia que nos envuelve a todos.
Soñé que caminaba o recorría por esa aldea de los sueños. ¡Qué va! |