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Por: Óscar Zapata Gutiérrez
(zapataosc@gmail.com)
Me celebro y me canto,
soy el mismo, con idéntico canto desde el comienzo hasta el final.
Estoy en todas las historias y
soy el dueño absoluto de contubernios y representaciones;
Me canto, desde
el amanecer hasta el ocaso, y en la profunda oscuridad de las tinieblas también
me canto,
Vago en las nubes y mi amiga es el alma que navega en el árbol,
en la flor, en cada mineral, en el desocupado;
Voy de la mano con todos, con
el atleta y el monarca y describo las oscilaciones de los astros en sus órbitas;
Vago sin reposo, sin la ansiedad del marinero por zarpar o llegar a cualquier
puerto,
ajeno de esperanzas, de anhelos escondidos o ilusiones recónditas.
En los
éxodos soy el trotamundos que viaja hacia el mar como la gota y se diluye
para recomenzar.
La eternidad es como la sombra que oculta el hilo conductor
que, por los siglos de los siglos, jamás se rompe.
Me perpetúo en las oscilaciones del caleidoscopio, me multiplico en las formas,
en miríadas de formas y estando en reposo, mis destrezas, torpes o diestras,
igual me perpetúan en la nada absoluta o en la nada aparente o en el todo.
Voy
dentro de cada uno de los cuatro elementos y en uno soy aroma, en otro soy
el canto del grillo o de la rana y en cada color suspiro como el arcoíris
que soy y desde ahí, también me canto y me escucho; me amo en todo y me reconozco, me siento,
voy y vuelvo en eterno retorno.
Me afirmo en cada uno de los pabellones auditivos y resueno
muchísimo más allá de las estrellas, en los confines de todas las direcciones
a partir de mi mismo.
Sin esconderme, permanezco oculto en cualquier pliegue
o en cualquier recodo; nadie me ve, y palpándome con todos los sentidos,
ignoran quien soy en esta realidad sublime de mi canto.
Complacido, con indulgente
tolerancia, en mi ritmo cardíaco, voy marcando medidas y allí también me
canto y reduzco las matemáticas a cero y comienzo el retorno desde el nueve.
Beso
los labios y las formas, a consciencia. Me tumbo en las hojas de hierba y
canto, y me digo en el eros, de doble juego, que en el lecho marino también
está la materia prima de las hojas de hierba que son todas las ninfas y me canto, lo mismo
que al hombre arquetípico y lo incito a partir de los odios, las guerras y las equivocaciones
a que mire el espejo al que también le canto.
Le canto a la libertad de todos los sistemas y
a todas las cosmogonías, a todos los oficios sagrados y, en mí, al origen
de todos los poemas, de todos los espectros con los cuales, junto con todos
los misterios adorno mi canción.
Vago en los silencios prolongados y con su complicidad parece
que medito sin necesitarlo porque todo lo tengo; no paso porque soy eterno,
y viajo, discreto, dentro de mi proverbial y emblemática sombra.
Esta canción
se volverá himno cuando la canten todos y cuando el regreso a casa se produzca
por obra de mi canto; el auriga y mi alma, entonarán a dúo la metáfora de
la canción de hierba y el canto a mi mismo que le inspira las metáforas al
poeta que soy.
Entiendo
el misterio de la mujer cuya ensortijada cabellera se reparte en todas direcciones
y penetra la tierra;
La reina, sin dejar el trono, desciende con los trajes
que la visten de novia y la desposo y pisamos el mismo voluptuoso suelo al
mismo tiempo.
También le canto a la progenie, a la mía, que juega a conjugar
todos los verbos y envuelve el misterio que somos, sin condenarnos o increparnos,
puesto que, completamente ajenos a nuestros dominios, hemos callado por siempre
y para siempre.
La contradicción de mi canto proverbial es aparente y me contraigo,
me veo, me pienso en el espacio, en el mar abierto y en la tierra, también
abierta en apariencia. Caigo en uno y me levanto en otro o en otros que viene
a ser lo mismo.
Qué locura sublime en el eterno Aquí y Ahora, míos; qué locura para decir
lo bueno, para decir lo malo, en esta persistente preñez del universo, mío
y tuyo, porque mías y tuyas son todas las sensualidades, los excesos de siempre,
los arrepentimientos; el imán implacable, libidinoso, que juega para que
cante con la madre y a la madre, al nido caluroso y tibio del polluelo y
al hombre temeroso de las hecatombes, de las llegadas y partidas que ya,
por sí solas, son un canto, un madrigal y al mismo tiempo la locura piadosa
y tierna del viajero.
Por último, le canto a las cenizas de las que surge
el Fénix y a la verdad que guía el universo y al ser que juega al todo y
a la nada y a la debilidad de una bolsa de polietileno vacía a merced del viento y a la fragilidad
del hombre que aún no lee el libro en cuyas hojas está escrito todo y en cuyas
páginas me reconozco. |