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Por: Óscar Zapata Gutiérrez (zapataosc@gmail.com)
María Eugenia Arias Holguín va por la carrera 25 con la cuarenta y dos y encuentra un pato, de
verdad, deambulando como loco. Ese raro acontecimiento disparó conjeturas y preguntas. No
precisé con ella, o mejor dicho con su alma de niña, como su pequeña de siete
años, las circunstancias de tiempo, modo y lugar exacto, que rodearon el momento en el que lo
encontró. Reaccionó frente al hecho levantando el palmípedo, mostrándolo en
todas las direcciones como temiendo que alguien fuera a interferir con su actitud. Lo llevó a pocas
cuadras de allí, a la casa de la mamá de ella con quien reside, y lo soltó a sus
anchas en el patio de tierra y se dedicó a esperar la evolución de tan insignificante
historia. Pasaron tres días con la visita y con un riguroso despliegue de vigilancia sobre su
comportamiento cuando, en un tono sentencioso, la madre de Maru en un juicio breve y sumarió
dispuso, en forma inmediata, que Patulí, como lo había bautizado Victoria, debería
abandonar el lugar. Motivos: En horas había dejado maltrecho el jardín de la abuela y
además, no disponían de las condiciones mínimas para albergar a tan inocente
huésped. Otra hubiera podido ser su suerte, si el inconsciente depredador no hubiera atentado contra
la integridad del jardín. La decisión, como era de esperarse, dividió la
opinión familiar con sugerencias que iban desde acomodarlo en una jaula, fragmentar el patio
con anjeo y estanque hasta tratar de conservarlo con adecuada maestría y rígido
comportamiento. La decisión estaba tomada y la sentencia debía ejecutarse.
Directorio en mano Maru desplegó un abanico de posibilidades sobre escenarios de allegados y
amigos, con sensibilidad y solidarios, que podrían recibir en adopción a su todavía,
mascota en ciernes. No existen, dijo, con tan conmovedor desconcierto que el plan de contingencia
alumbró junto con el bombillo de la idea genial.
¡El Parque de la Vida!. Eso es. En el cuarto de trebejos encontró una caja parecida a
un cofre funerario al que perforó para los respiraderos de rigor y metió la caja en una
gigantesca chuspa con el logo de Foto Japón. No le daba tregua al remordimiento ni a la
inmovilización proveniente del análisis exagerado. Presurosa, con la prontitud de la
liebre, abordó el Bus que pasa por el Portal del Quindío, descendió frente al Parque de
la Vida, compró la boleta de entrada y haciendo gala de una tranquilidad a toda prueba supo
disimular la introducción del animal en esa mejor vida a la que llegaba. Allí fue
abandonado con rezos y todo como si se tratara de la última morada. -Quedó muy achantado-
expreso Maru con los ojos enrojecidos por el recuerdo de aquel día. -Lo que si descarte, desde
un principio, agregó, fue abandonarlo en un lugar diferente o mucho menos procurárselo a alguien
para una cena. Además soy vegetariana-.
Ocho días después regresó al Parque con un paquete de alimento para aves y
Patulí imperturbable, a paso de pato, parecía un niño en un jardín infantil
en donde el paraíso terrenal les da de todo conforme a su inocencia.
Yo, por mi parte, cada que voy al parque, enterado de la vecindad de Patulí, y sin conocerlo
todavía, espero que un día de estos venga a posarse a mi lado como el día en que
contándole a Maru una historia de un pato que vino a posarse a mi lado en una de mis visitas al
Parque de la Vida dijo sin vacilaciones. -debió de haber sido Patulí- y comenzó a
relatarme esta historia que aquí quedó narrada. Es a la única persona, ser de
juguetona expresión corporal, a quien se la aparece en la carrera 25, camino de su casa un pato
y a quien, de sobremesa, encamina en una historia con final feliz. |