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Por: Óscar Zapata Gutiérrez (zapataosc@gmail.com)
Nos metimos, por obra y gracia de la casualidad, en el mismo paseo.
Creo que ninguno de los dos pensó derivar en una experiencia inútil
o en nada por el estilo. De ninguna manera. Era el imperio de los
sentidos, la intuición, el azar o una visión recíproca anticipada de
un par de prójimos en conjunción, como las de los astros en las que
nadie repara salvo el astrólogo desocupado.
De mi puedo decir que concurrí a cumplir compromisos derivados de obligaciones bancarias y
ella, por la necesidad de ser puntual con el pago de los servicios públicos. Abominaba las colas
como yo y ante lo inevitable no quedó mas remedio que seguir el ritmo lento de la fila
con su lenguaje universal, sus leyes, la cadenciosa zona de una cinta
que lo lleva a uno a la derecha o a la izquierda, al frente a la
derecha a la izquierda hasta que, por fin, deriva en una de las cajas
en donde aparece un sonriente rostro como el de los seres queridos a
nuestro regreso por la tarde.
El inesperado dialogo surgió, en parte, por mi arrojo por cuanto no
era la primera vez que mis trazos coincidían tan cerca de los suyos.
Una distancia enorme separaba esos dos universos. Su personalidad
fascinaba. Me derretía por esos ojos, esa piel trigueña, esos gestos y
una sonrisa permanente que terminó por ser tan familiar e infaltable
por la misma razón. No faltaba sino hablarle, sin exagerar la nota, a
pesar de no mediar reciprocidad frente a mi inadvertida presencia.
El hielo se rompió en mil pedazos. Las preguntas y las respuestas,
todas lógicas, sin libreto previo se fueron sucediendo con la
exactitud con la que se debe armar un puzzle o un rompecabezas. Un
encuentro colosal. Un despliegue de habilidad teatral a toda prueba,
una criatura pícara e inocente estrenando repertorio ante una demanda
histriónica inesperada provocada por un parlamento nuevo encarado
con alguien, como yo, con demostradas habilidades para las preguntas,
para encaminar un interrogatorio o acercarse con profundidad tanto a
la esencia como al alma de los seres.
Jamás había disfrutado tanto con una conversación procedente de una
fuente común alimentándonos de temas, de opciones, de lugares
comunes. Si nada faltaba dentro de la simultaneidad del avance de la
cola, tampoco sobraba nada. Esperé que no avanzara muy rápido. El
tiempo dejo de ser terráqueo para derivar en la galaxia a la que
avanzamos por un extraño pasadizo.
Todo lo que pareció un encuentro casual en una cola de Banco era un
pretexto para hacer una cola mas larga, para permitir una conspiración
del universo, o para meterse en una dimensión desconocida o en un
juego en donde todo se tornaba tan natural que ninguno de los dos sabe
que ocurrió después cuando abordamos la nave por una puerta metálica
en donde una simpática azafata se limitó a decirme -siga- y le estiré
mis dos facturas y de allí al asiento a donde llegó mi compañera de
fila con la factura del pago de servicios en la mano y en análoga situación le dijeron
que siguiera y ocupó silla al lado de la mía. Lo único raro que noté, no para
entrar en sospechas, los tiquetes habían sido expedidos por una empresa desconocida con nombres
diferentes pero con la misma fecha y hora de abordaje. |