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Por: Óscar Zapata Gutiérrez (zapataosc@gmail.com)
En la mañana del día siguiente al deceso del padre Asdrubal Botero, ya en ausencia, en el
semblante de las pocas almas piadosas que iban llegando al templo parroquial, para la misa de siete, se
advertía el recogimiento reflexivo que desencadenan los luctuosos sucesos inesperados. La
congregación, antes del oficio, dejaba escuchar con todo respeto, el sonido sibilante y el susurro
de asombrados rumores.
El padre ni siquiera le dio tregua a los que iban a decir que le había entregado su alma a Dios
a cuyo ministerio se dedicó y jamás abandonará con su muerte porque tuvo la muerte
de los justos: Fácil, sin resistencia y con una profunda exhalación muy parecida a un suspiro
sobrecogedor. Solo tosió, dijo Carlos Eduardo.
La Diósecis en la que se consagró, de manera sobria y ejemplar desde la misma noche
dispuso conforme a la voluntad de sus parientes su traslado a Montenegro, su pueblo natal, para los
funerales y su posterior inhumación en los jardines de la paz en el mausoleo para sacerdotes.
El padre Botero fue hombre alegre, sencillo, tan jovial como descomplicado. Dispuso del don del
trato amoroso, de la humildad y de la sincera entrega al ejercicio de un apostolado consciente, vivido y
de doctrina.
El templo de Calarcá esta ahí todavía sin las emblemáticas Alpha y Omega de
la Iglesia de Cristo, con una fachada empalidecida con un gris no contrastante con un azul ni siquiera
celeste y sus relojes detenidos como monumento a la eternidad del tiempo, al aquí y al ahora
advirtiendo que cada uno dejo de correr a diferentes horas: el uno el del costado sura las diez menos
cinco, de una mañanao una noche, el del costado oriental detuvo su marcha a las cuatro, el del
norte a las diez menos veinte y el del costado occidental a las cuatro menos cinco.
El padre Asdrubal detuvo el suyo a las seis y cuarto de la tarde.
Esta mañana las campanas ni siquiera doblaron a difunto en su nombre, doblaron para misa desde
la torre de los cuatro relojes marcando un compás de cuatro tiempos en un solo formato y dentro de
un Dios verdadero que disuelve con amor y da forma con amor y que fluye en un solo sentido desde el centro.
No fuimos conocidos del padre pero lo despedimos en una unidad todavía esquiva y difícil
de entender. Desde donde venimos, en donde estamos y hacia donde vamos. |