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Por: Óscar Zapata Gutiérrez (zapataosc@gmail.com)
Una historia que no merece la triste suerte del olvido es la que Pablo Emilio Cardona Londoño,
ciudadano de Calarcá, dejó escrita en la memoria de los días, los suyos y los de quienes
recuerdan cómo se fue gestando el circo del que fue su capitán según las voces de quienes
integraron el colectivo al que se refiere esta nota.
La brújula, de su rebeldía de adolescente, le señaló el
simbólico sur del país al que se desplazó, frente a la incomoda situación de
hijastro a la que fue sometido como consecuencia de las segundas nupcias de su padre. La vida imposible
por las rígidas disciplinas de su madrastra lo instaron, en su naciente adolescencia, a buscar los
insospechados surcos propios de un circo, ambulante domicilio, de quien, paso a paso, dentro de las
excentricidades de un orden desconocido, llegó a consolidar un espectáculo circense por el
estilo del Royal Dumbar, del Egred Hermanos, del Ataide y de todos los que iban surcando la amplia
geografía de los caminos del mundo. La única diferencia con ellos era que el nuestro, hecho en
casa, era colombiano y su gestor oriundo de esta mágica comarca.
Un calarqueño propietario de circo era, en la fantasía de quienes teníamos conocimiento
de su existencia, un hecho descomunal e insólito. Un hombre en la luna, una proeza, una hazaña,
un acontecimiento que no solo despertaba la admiración de sus congéneres sino la curiosidad de
quienes la leyenda los iba informando en los pormenores de su origen y de las leyendas que se fueron
tejiendo a lo largo de los desplazamientos que, como el orden de la creación y de toda creación,
se fue sucediendo dentro de los mismos alegóricos siete días.
En el principio era la nada, el vació, el viajero que va sin rumbo a la búsqueda de
lejanías de libertad, de confrontación con lo inesperado, de la aventura, de lo nuevo. El
camino tiene las sinuosidades y el cruce obligatorio con el de los demás. Ese cruce depara roces,
afinidades, manifestaciones de solidaridad y afecto, hostilidades y ante todo experiencia.
Su dotación, no pasó de una briosa juventud, de una inteligencia superior, de una
sensibilidad abierta a todos los asombros, de una inusual vivacidad y don de gentes. No tardó en
encontrar afinidad con los aborígenes del sur que ablandaron sus pies, le abrieron arcanos
insospechados, lo iniciaron en desconocidos ritos y costumbres y de paso lo familiarizaron con una
geografía y unos paisajes de montañas abruptas y escarpadas. Allá lo sorprendió
la majestosa presencia de un cóndor en pleno vuelo. Desconocía, hasta entonces, el icono de los
Andes montañosos, y empezó a relacionar el ave descomunal con el emblemático escudo de
la nacionalidad. La magia de una curiosidad despierta y las matemáticas de los desenfrenos de la
imaginación no tardaron en familiarizarlo con las alturas a donde solo el linaje de las aves de
rapiña tiene acceso. Encontró un nido abandonado y en el un polluelo sin posibilidades
de sobrevivir. Entre todos se dieron a la tarea de salvarle la vida y de ahí a un improvisado
cautiverio y de su impedimento a regresar a su estado natural y a su posibilidades de volar por las mismas
limitaciones físicas de su integridad, conservó su vida bajo la égida de su inesperado
compañero de ruta.
De este binomio nace un ejemplar que con el correr de los días, imposibilitado para el vuelo, vibra
con la maestría de quien lo induce a desplegar sus alas en una replica viva del escudo nacional.
Escuchaba las sutiles ordenes y manifestaciones de su amo. Su obediencia y sumisión asombraba a los
circunstantes de tal manera que nuevas opciones y posibilidades surgían, valores agregados y emociones
a granel surgían del cubilete del mago. El himno patrio no podía faltar y al escuchar sus notas
el Cóndor abría sus alas en un escalofriante rito tan patriótico como conmovedor. No
faltó quien lo estimuló para mostrar ese acto incalificable y único. Era importante que
muchos lo conocieran y vibraran con la energía que se desplegaba de un acto tan simple y de tanta
resonancia en la sensibilidad de quienes tenían el privilegio de experimentar de primera mano.
Ahí comienza el siguiente día en la vida de un circo en ciernes. Los colegios, escuelas
fueron a partir del mágico momento los escenarios naturales del ave andina que se movía en
tierra con la altivez de su estirpe, con el libreto natural de su condición y con el momento
culminante en que sus alas ofrecían con todo su corpórea estructura un momento sinfónico
indescriptible con los acordes del himno patrio y los festones infaltables del tricolor.
No faltó la autorización por parte del Ministerio de Educación de la época en
cabeza del titular el Dr. Jorge Eliécer Gaitán quien reconociendo los alcances de tan singular
exhibición dispuso que el recorrido se hiciera por todos los escenarios educativos que así
tenían la oportunidad de estimular sus sentimientos patrios.
De todo ese periplo pedagógico surge la idea de añadirle fauna no solo para prolongar,
a un tiempo razonable, la duración del espectáculo sino para, de paso, estimular el estudio de otras
especies animales que servirían como referente para la formación de los alumnos. El Cóndor,
entonces, era el núcleo de un zoológico rodante con nuevas especies y con amplias estructuras de
formación para alumnos y el incremento de nuevo público atraído por un espectáculo
sin precedentes en los escenarios que iban recorriendo en el marco de una improvisada expedición zoológica.
En territorio antioqueño, la advertida metamorfosis del colectivo, el Zoológico se vuelve circo
y no tardó en anidarse bajo el esplendor de una carpa funcional que albergó una tropa humana compuesta
de payasos, malabaristas, trapecistas que fueron brotando de las entrañas de la tierra con la encanto de
un Cóndor de los Andes testigo mudo de su propia historia en singular alternancia con personas y lugares
que salían de las iniciativas de un hombre que pensaba y actuaba conforme a las leyes soberanas de la
vida. "Pájaro" como apodaban a Pablo Emilio Cardona se abría paso como empresario
circense. Luces, sonido, vehículos y toda la parafernalia del medio le daban posición y arraigo
en el mundo del espectáculo que no cesaba de recorrer sin solución de continuidad todas las
poblaciones que registraban, en sus páginas inolvidables, la llegada de un circo que tenía como
principal atractivo la presencia del único ejemplar en el mundo que viajaba junto en un circo
también único en su especie por esa misma condición de Cóndor.
La costa caribe, tal vez en Chimichagua, en ausencia del dueño cuando hacía jornadas
en los pueblos para las exhibiciones del espectáculo, vio desenlazar la vida frágil de un circo
apoyado en la atracción central de la mítica ave de los andes suramericanos. El Cóndor
murió de tanto caminar. Mueren también los ánimos en el alma de quienes lo rodearon en
la parábola de su existencia. Muere todo. La taxidermia lo preserva y una caravana en un fúnebre
cortejo se desplaza a Calarcá en donde queda llenando los estériles espacios de un frío
salón en los que el espíritu del Cóndor sin calor, se revela contra un destino colectivo
y otro propio que terminó convertido en una clase dirigente que protagoniza páginas
inéditas unas y en proceso las demás. Mariela, chilena, trapecista del circo fue concejal de
Calarcá apoyada por una cauda política que respaldó y consolidó un proyecto
político, una quimera, un sueño como el del circo. Había que ver el fervor de las gentes
humildes que la seguían.
Hebert Melo Ocampo, quien era el encargado de la difusión, de la publicidad, del perifoneo del
espectáculo se va convirtiendo en asesor político gracias a su gran poder de asimilación,
inteligencia y poder estratégico a través de su militancia política. Ocupa todas las
posiciones ofrecidas por la democracia y por los consagrados por la democracia. Es elegido concejal de
Calarcá, Diputado a la Asamblea del Quindío, secretario de Gobierno departamental. Varias veces
Gobernador encargado del departamento.
Ariosto Cardona, maestro de ceremonias del circo, sobrino del comandante Pablo Emilio se hace oficial del
ejército, abraza el camino del periodismo después, hoy oficia como historiador de la comarca.
Cirano Cardona, asesor comercial de la empresa circense, hermano del anterior, estudia derecho y de su
entusiasta militancia dentro del partido liberal va consolidando liderazgo que le hace merecedor de
destacadas posiciones políticas como la Alcaldía menor de ciudad Kennedy y en el momento de
escribir esta nota es uno de los fuertes aspirantes a la Alcaldía de Calarcá.
Francisco, el payaso, ofició hasta su muerte como conductor del carro de la Alcaldía
municipal, infaltable por su abnegación a lo largo de las administraciones en las cuales servia.
Incomparable en la prestidigitación y en los lances de mago circense ademas de encantador de
serpientes.
Estoy seguro de que quienes hemos estado atentos a la memoria del circo encontraremos testimonios
literarios que confieso, todavía, no conocer. "Cara Pintada" de Iván Cocherín
y en un libro reciente de Jairo Olaya se dispone de magnífico material informativo que servirá
para abundar en esta historia de Pablo Emilio Cardona que como tantos otros personajes reclaman el rescate
de historias todavía sueltas. Calarcá, especie de conglomerado macondiano continúa a la
espera de su historia oficial. |