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Detrás de cámaras
 AMANECER EN EL OLVIDO

Por: Óscar Zapata Gutiérrez (zapataosc@gmail.com)

Tendido sobre su petate ninguna otra determinación distinta habría podido tener la rigidez de un acto solemne. Era el ritual del desapego al que, sin forzadas determinaciones, se obligó después de casi tres días de insistencia para tratar de establecer, siquiera, una comunicación con la rubiecita que había conocido la semana pasada. Su frágil condición de varón encabritado lo condena a depender de las sutilezas de la serpiente de Eva, de su manzana, de sus endiabladas y astutas maniobras para demostrar su poder de seducción y de dominio. Decide, entonces, en minutos desandar un camino -ya largo- por la intensidad y los sobresaltos de apenas cinco días de trato.

Estaba decidido, en pensamiento, a renunciar a las tácitas y prometedoras expectativas con ella que, a la larga, no eran sino la idealización con una muñeca de carne y hueso a materializar sus anhelos de tener una relación amorosa de verdad. Faltaba la acción con la que concretaría sus intensiones de olvidar y renunciar a un trato que no alcanzó la concreción del compromiso.

Frente a su ordenador se vaciaría en un acto devocional y en actitud de oficiante lo encendió. En minutos se deshacía en cuitas exteriorizadas en la página en blanco con la objetividad de quien le revela los síntomas de una enfermedad al facultativo de quien espera la certeza de un tratamiento al que se somete con la fe del carbonero.

Había bordeado los límites del infierno con la adolescente que con su fisonomía y protuberancias anatómicas logró desencadenar las furias y el romanticismo con el cual su estabilidad emocional se ponía como tantas otras veces a probar su resistencia en la forja.

Desnudo de cuerpo y alma comenzó por racionalizar su conducta. Se flagelaba con su experiencia en condiciones análogas a las que padecía en ese momento y con golpes de pecho, sin la rigidez de la autocensura. Necesitaba introducir en el ritual los elementos que lo conducirían al olvido de su nuevo tormento y a lo que significaba para su proceso de liberación esa reciente pero intensa relación amorosa.

Cerró los ojos, respiró con tal profundidad que sus pulmones se llenaron y vaciaron con el ritmo esperanzador de un éxtasis. Hizo una prolongada pausa para encender un velón violeta y hacer las ofrendas a los ángeles o a los dioses redentores de quienes padecen penas de amor. Con la mente en blanco estaba todo dicho y hecho. El proceso no tardaría minutos. Un instante y basta.

Ocho segundos de plácido embeleso en los confines de la nada y el olvido absoluto. Salió del trance y vuelto a la ilusión del entorno borró de su carpeta de imágenes las fotos de la rubiecita en el camino que recorrió muchísimas veces hasta ninguna parte y los mensajes de texto con los que a diario quiso dejar testimonio de su sueño de amor.

Se incorporó a la cotidianidad, anduvo por los alrededores del lugar y regresó con el único propósito de vaciar la papelera de reciclaje a la que habían ido a parar los vestigios de un amor inacabado, sus evidencias y el afecto que volvió del fuego encendido al hielo del amanecer en el olvido.

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