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CALARCÁ PARA LEER

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LAS VIRTUDES DEL REGRESO

Calarcá para leerPor Jaime Lopera Gutiérrez

— 1 —

La entrada a la vida ocurre cuando a uno lo dejan salir solo a la calle, o le dan la llave de la casa, o se alarga los pantalones —en la época en que ello era tan importante como si fuera un permiso para poder ir por vez primera al llamado barrio de tolerancia.— Viví ese momento de primera salida, en forma, cuando por fin pude ir a la manga de La Sapera a jugar un partido de fútbol con mis compañeros del Colegio Robledo, donde aprendí la fatalidad de ser el portero de unos balonazos insoportables en la panza. Para mitigarlos, me ingenié la manera de usar un viejo corsé o faja que mi mamá había utilizado para estilizar sus formas, hasta que el imprudente de Jaime Benítez me la descubrió después de una estirada. Por muchas tardes fui el hazmerreír de los compañeros del equipo, con inocultables y desagradables sarcasmos al mariquita del equipo.

Antes de la alargada, vivía adentro de la familia, rodeado de todo el cuadro familiar, haciendo a desgano las tareas —como pésimo estudiante que fui, en especial por la tirria que me tenía don Antonio, el profesor de matemáticas—, peleándome con mi hermana, e inventando escapadas furtivas para ir a leer las revistas de historietas que coleccionaba el negro Concha. Años después, en un incendio accidental ocurrido en su casa, vi como se esfumaban mis sueños de ser el Capitán Marvel, Supermán, el aviador Bill Barnes, La Sombra, o Doc Savage —un lejano antecesor de James Bond.—

La casa nuestra, la de Clotilde y Joaquín, quedaba al frente de don Belisario Echeverry y la de Leonidas Gómez —una de cuyas hijas, Beatriz, de una belleza excepcional, fue reina de los estudiantes en un certamen de la época.— En los bajos de mi casa vivían mis tías Gutiérrez Molina, de cuya protección y afecto me he sentido siempre vivamente acompañado. Era una casona antigua con zaguán y portón de hierro, con un largo patio interior que lindaba con la casa de los Paiba, y lleno de árboles como el famoso mango donde una vez recibí unos merecidos azotes por alguna pilatuna grave que había cometido. Mi padre era muy pródigo con la pólvora, los totes y las culebras en las navidades, por lo cual mis amigos se venían todos a patearse la fiesta y comer de la natilla y los buñuelos que elaboraba mi tía Carlota, la profesora de escuela, cuyo sabor no ha sido igualado nunca.

— 2 —

Fui a la Escuela Girardot y al Colegio Robledo, tras una breve pausa en el Instituto Quindío que fundaron los liberales del pueblo —entre ellos Marco Tulio Betancourt—, después del nueve de abril, en represalia con el sectarismo que acusaban el rector y algunos profesores conservadores del Robledo, y el apoyo político que ellos recibían de la secretaría departamental de educación en Manizales. Allí estudiamos con Guillermo Botero y Jair Hoyos, entre muchos otros.

Los conjurados escogieron para el colegio una casa que había pertenecido a la Trilladora SKF del Tolima, situada cerca de la falda del Linares —calle 37 con carrera 26— —apelativo de un famoso café de billares y camareras esplendorosas como La Colorada—, establecimiento que le dio su nombre a esa calle empinada que, tiempo atrás, también llamaban la falda de la Trilladora. —Por allí mismo vivía Lydia, mi novia inmortal, cuyos ojos sorprendentes rondaron mucho tiempo en mi vida.— No recuerdo si perdí el año, pero en muy breve tiempo volvimos al Robledo, con la cabeza baja, porque la ilegitimidad del bachillerato en ese colegio subversivo nos impediría ir a la universidad. Fue mi primer contacto con una rebeldía ideológica, encarnada en mi propio padre y en los miembros del directorio liberal municipal que habían propiciado dicha segregación escolar contra el sectarismo político.

— 3 —

Los vecinos de la calle 40 fueron una parte sustancial de mi juventud. Eran solo dos cuadras, desde la casa de los Téllez —que aún conserva su belleza tradicional de balcones y postigos antioqueños— hasta la bajada hacia La Sapera. En esa calle aprendí a jugar trompo y canicas, allí me dieron los primeros puñetazos, en una de esas esquinas me sigue asustando el perdonavidas de José Laverde, y en algún postigo de un segundo piso todavía recuerdo la preciosa cara de Amparo Espinosa, mi primera e inolvidable visión amorosa.

Enseguida de los Espinosa vivían los Jiménez Leal —Óscar ha sido mi gran amigo en las buenas y en las malas—, y más abajo los Tominejos Londoño y Azarías Campuzano: su hija, Marta, fue con Nelly Gómez, Argelia Villa y Cecilia Fayad, de las chicas calarqueñas más asediadas por los forasteros, hasta que ocurrió con todas, lo previsible. Marta, por ejemplo, una de las mujeres más bellas del pueblo, se la llevó un intenso cuyabro; y Nelly terminó casándose con un registrador del estado civil centralista, alzatista y manizaleño. Rosalía, una hermana de Azarías, era una estupenda pintora de retratos y naturalezas muertas, que compensaba su diminuta estatura con la fina sensibilidad que poseía para poner los colores en su justo sitio. Debo muchísimo a esa amistad con la vecina.

La parte farandulera de la época se concentraba en las casas de las amigas, adonde concurríamos todos los colegiales a bailar con una pequeña y ruidosa orquesta compuesta por un saxofón y una batería. A pesar del nombre equívoco de aquellas veladas, las repichingas, allí se perfeccionaban los noviazgos o se daban los primeros besos sin pasar a mayores. Pero el deleite de bailar con una buena pareja, como Eloísa, solía ser más importante que todo. De vez en cuando se asomaba Amparo Villa a cantar el sombrero cordobés, con una linda voz de diva y esa picardía de siempre con la que nos animaba tales reuniones.

— 4 —

La parte cultural que más recuerdo no está asociada a las famosas serenatas de la banda de Anacleto Gallego en el parque de Bolívar, sino al esfuerzo que por mucho tiempo hizo doña Agripina Restrepo para mantener su revista literaria, y la compañía teatral Frutos del Quindío, donde debuté muy niño, a regañadientes, en un papel de enano de Blancanieves, con un vestido de golas y encajes, oloroso a naftalina, que me quedaba estrecho y ridículo. Más adelante conocí a un escritor famoso, rubio y flaco, que siempre llevaba un libro en su axila y un bastón de macana casi intimidatorio. Humberto Jaramillo Ángel, de quien fui amigo muy tarde dado que no me apetecían sus afectos por Barbusse, Vargas Vila y Azorín, hace parte indeleble de la historia calarqueña, no tanto por lo que lo apreciaran aquí sino por la trascendencia de algunos de sus libros en Manizales y en Bogotá.

Darío Jaramillo, su sobrino y mi gran amigo de aquella época, vivía cerca de la plaza de Bolívar pero visitaba la calle 40 con frecuencia, y mi casa en particular, porque se deleitaba con las risotadas de mi papá a sus chistes ingeniosos y oportunos. Ambos estudiamos siempre tratando de concretar las altas expectativas que José Jaramillo y Joaquín Lopera tenían sobre nosotros. En un bello cuento de Jorge Luis Borges, Funes, El Memorioso, a este le tenían cierto respeto porque nadie podía esconderse a sus recuerdos y en cambio le rendían tributo por su amistad: uno tampoco podía esconderse de la memoria de Darío porque se arriesgaba a que pusiera toda su ironía en los detalles personales. Lástima que se perdieran sus cuadernos personales, los cuales contenían mucha letra menuda sobre las costumbres de la ciudad.

Cuando mi padre compró el primer televisor en blanco y negro, fue una enorme y reveladora noticia para todos los vecinos de la calle 40 y aledañas. Todos mis amigos fueron a conocer el aparato, y en una de esas visitas mi madre se dolía, en serio y en broma, de que no hubiese existido la TV cuando ella cantaba en el Teatro Municipal de Pedro Fayad, con Alcira Ramírez, el Dúo de Africana, una pieza operática que ponía en evidencia las capacidades de cualquier mezzosoprano. Solo la retentiva sorprendente de mi hermana Cecilia, me permite evocar esos momentos de la calle 40, y la casa del portón de hierro, donde transcurrieron muchos episodios significativos de mi adolescencia y juventud.

— 5 —

Cuando me fui a Bogotá al Externado de Colombia, con la barra solamente nos veíamos en las vacaciones, en especial en el baile de la cosecha en el Club Quindío que no nos lo perdíamos por nada. Alberto Valencia, un menudo profesor del Robledo, nos enseñó a bailar cuando, preocupados por el acoso de los armenios a las adolescentes de nuestra ciudad, comíamos pavo observando como aquellos cuyabros se nos bailaban a nuestras novias y amigas. Gracias al Chiquito Valencia, no volvieron los armenios y el territorio quedó marcado para nosotros, eso sí sin imitar el mariqueta doblado de mano que los usurpadores de la ciudad vecina les habían mal enseñado a nuestras chicas.

Después de mis primeras experiencias sexuales, que las estimuló mi padre pagando por adelantado una primera visita mía a la Negra Teléfono, hubo un corto periodo voyerista en el antiguo Colegio Robledo cuando allí se hacían bailes de beneficencia. La pandilla de intrusos que nos poníamos a rendijear a las chicas en medio de un polvero debajo de la pista de baile, aún debe recordar las polleras de las Patiño, las ligas rosadas de Inés, y los calzones raídos de una de las mejores parejas de la época.

En uno de esos días vino a cantar al Club el tenor Luis Ángel Mera, un caleño que cantaba como Alfredo Sadel, a quien le aprendimos un paso de bolero que difícilmente se ve bailar ahora. Por lo demás, tengo la seguridad de que nuestras amigas adolescentes sabían de nuestras pilatunas cuando cierto día un grupo de ellas nos suspendieron súbitamente el saludo en la cafetería El Paraíso, punto de encuentro para la coquetería y la posterior cuadrada en torno a unos rones con cocacola. Creo recordar que nos ruborizamos, como cogidos con las manos en la masa.

En una ocasión, la barra consiguió entablar amistad con unas profesoras del Instituto Calarcá de señoritas, todas solteras, con las Romero a la cabeza, para irnos de farra cada dos semanas a una población cercana. En principio, el gozo derivaba del bailoteo, del humor y las chanzas que hacíamos, en verdad apenas achispados en el jeep de una de ellas que, como es obvio, siempre andaba en sobrecupo. No obstante, no fueron pocas las veces en que alguno iniciaba un romance con alguna, discreto, ingenuo, y sutilmente pecaminoso, a tal punto que ni siquiera comentábamos nada entre nosotros por respeto a las damas mayores que nos asimilaban con su compañía.

— 6 —

Con la caída de Rojas Pinilla se inició mi etapa política: una mañana, al conocerse la noticia de que el dictador se fugaba hacia las Bahamas dejando una junta militar a cargo del gobierno, salí presuroso hacia la plaza de Bolívar donde, con Hernán Valencia, hicimos una arenga a favor de la democracia, a la multitud que allí se había congregado para saludar el cambio y denigrar contra algunas figuras municipales que se aprovecharon del rojismo para censurar los medios, atacar a los liberales y hacer unas cuantas trapisondas fiscales que, como siempre, quedaron en la impunidad del pueblo.

Años después, y mientras estudiaba en Bogotá, tuve la ocasión de vincularme como reportero en el semanario La Calle que dirigían Álvaro Uribe Rueda y Felipe Salazar Santos, y enseguida afiliarme a ese movimiento como secretario de la convención del MRL que se hizo en el teatro El Búho de la capital para protestar contra la paridad y la alternación de los partidos que se promovía con el Frente Nacional. Al regresar a Calarcá, en las vacaciones, tuve serios enfrentamientos con Joaquín Lopera, paladín del oficialismo, quien nunca aceptó, ni como padre ni como liberal, mi papel en una disidencia que ya se tildaba de comunista.

El asesinato de mi padre —bajo las condiciones de una violencia absurda que me robaría muchísimas páginas explicarlo—, desordenó mis planes. Fue una ruptura radical. La tierra originaria dejó de importarme, excepto la adoración por la viuda, mis hermanas y mis tías maternas con las cuales siempre mantuve ajustado el lazo familiar. Desde entonces perdí el contacto con la ciudad amada, mis inquietudes literarias y políticas alcanzaron en la capital nuevas y mejores oportunidades y, con el siempre recordado Iván López Botero, pude ampliar mi visión del mundo, participar en debates públicos de mucha importancia y dejar atrás esas agradables muestras de localismo con las cuales se había llenado plenamente mi juventud en Calarcá.

— 7 —

Cerca de cuarenta años viví en la capital, alternando mi afecto hacia el terruño con las frecuentes visitas que hacía a mi familia para compartir con ella mis peripecias en Bogotá. Regresé a trabajar con el FOREC, por seis meses, colaborando en la reconstrucción después del terremoto; pero nos quedamos definitivamente al finalizar el contrato pues aquí vislumbré que, ya jubilado, podría dedicar más tiempo a la literatura cuentística y a una novela cuyas fichas todavía asoman sus orejas en un cajón.

Más bien terminé escribiendo con éxito otra clase de libros, dirigiendo un periódico y sirviendo en una Universidad, sin hacer a un lado mis trabajos de consultoría, pero integrado en pleno a las circunstancias culturales de este departamento —al cual pude llegar como gobernante cuando el presidente López y el presidente Betancur se pusieron de acuerdo, en 1983, para decirme que aquel era el momento de reafirmar todas mis raíces. Solo ahora veo que los regresos tienen esa admirable virtud.—