Cargando...
Logotipo calarca.net

CALARCÁ PARA LEER

Logotipo calarca.net
Buscar dentro de calarca.net usando:
¡CÓMO CAMBIAN LOS TIEMPOS!

Calarcá para leerPor Enrique Barros Vélez

A Calarcá llegué por un trabajo. Por una recomendación que la gerente del Banco Central Hipotecario de Calarcá, Esperanza Jaramillo García, le hizo al comité de construcciones del banco para que me permitieran adecuar la vieja casona que habían adquirido en 1985 para su nueva sede. Esta casa esquinera, diagonal a la iglesia San José, fue construida en 1920 y habitada por muchos años por doña Zoila Aguirre de Concha. Aunque se dijo que sería restaurada, en realidad iría a ser reconstruida. Pero eso no podía decirse, pues existía una norma municipal que determinaba que las construcciones que fueran levantadas en los costados del parque debían tener, como mínimo, cuatro pisos. Y esta, como su antecesora, solo tenía dos. Pero su supuesta categoría de restauración la exoneraba del cumplimiento de esa absurda norma. Con este supuesto, numerosos ciudadanos defendieron su derecho a preservar su historia, su arquitectura tradicional. Contaba con tantas personas a favor como en contra, pero las que se oponían eran más beligerantes. En esa pulsación de fuerzas no nos escapamos de tener que asistir a un debate en el Concejo, apoyados por una pareja de funcionarios de Colcultura, en el que una turba enardecida nos enfrentaba con insolencia. Gritaba, silbaba, golpeaba los objetos metálicos que había llevado y manipulaba ruidosamente todo cuanto estuviera a su alcance cuando alguien mencionaba los méritos del proyecto. Y en cambio respaldaba con ensordecedores y multitudinarios aplausos a quienes intentaban menospreciarlos, escudados en falsas pero muy enraizadas expectativas de progreso. Pues progreso y modernismo eran los espectros que justificaban el arrasamiento de eso que ahora consideraban rezagos de su pasado arquitectónico, obsoletas construcciones que estaban entorpeciendo la rejuvenecedora acción de la modernidad.

La revista Habitar, del periódico El Tiempo, le dedicó un número completo a Calarcá resaltando la conveniencia del proyecto. Y el 11 de diciembre de 1986 el Consejo de Monumentos Nacionales declaró unos sectores centrales de Calarcá como zonas de importancia e interés patrimonial y los incluyó en la lista de los Bienes Culturales que hacen parte del Patrimonio Histórico y Artístico de la Nación. Entre esos sectores quedó incluido el de la casa a intervenir. No obstante, el doctor Mario Calderón Rivera tuvo que venir a entrevistarse con las autoridades municipales y pactar con ellas un acuerdo. Solo así pudimos empezar a reconstruir la casa que prometimos restaurar.

El primer paso consistió en tapar sus fachadas con un plástico negro que colgaba desde los andamios metálicos que fueron distribuidos a lo largo de sus dos frentes. Este oscuro manto nos permitió trabajar libres de miradas y fiscalizaciones tendenciosas, pues, como los ánimos seguían caldeados, algunos ciudadanos inconformes se empeñaron en supervisar todas nuestras actuaciones. Y al tiempo que escuchaban el desacompasado repicar de los martillos, o la aspereza de los serruchos al trozar las maderas que sostenían los cielos rasos, o las paredes, o los tramos de chambranas, se fijaban también, con suma atención, en los materiales que sacábamos o entrábamos a la obra. Pronto descubrieron que eran más los que salían (despedazados, como tablas de piso, de forro, guaduas, esterillas, columnas y vigas de madera, etc.), que los que entraban. Y esto, lógicamente, les molestó. La respuesta, entonces, no se hizo esperar. Empezamos a recibir frecuentes y sorpresivas visitas de un diligente funcionario municipal quién parado frente a la puerta, pedía explicaciones sobre la procedencia de los materiales que estaban saliendo, o la destinación de los que estuvieran entrando. Cuando las respuestas empezaron a ser poco convincentes nos pararon la obra. Pero por poco tiempo, pues dos días después estábamos de nuevo trabajando, gracias a la reacción inmediata y eficaz de la gerencia local del banco. Con estoicismo continuamos soportando el acecho de quienes solo pretendían entorpecer el normal desarrollo de la obra.

Hasta que llegó el momento en que, por el avance mismo de los trabajos, la casa quedó convertida en un cascarón: sin paredes internas y sin techo. Y con el plástico negro en sus fachadas. La desnudez de la obra era un secreto a voces, pues los curiosos se subían a los pisos más altos del viejo edificio de la alcaldía y desde allí veían el enorme e inocultable vacío. Lo que motivó una nueva suspensión de la obra. Pero por pocos días, debido a las efectivas y diligentes gestiones de Esperanza Jaramillo.

En esas idas y venidas diarias yo había agudizado mi percepción de la arquitectura tradicional del municipio y estaba deslumbrado por sus cualidades excepcionales, su riqueza artesanal y la imponencia de sus construcciones. Además, porque sus conjuntos arquitectónicos conformaban sectores homogéneos, con identidad propia. Recorriéndolos podía sentir la calidad ambiental que transmiten sus alturas reguladas, su economía de recursos arquitectónicos, sus ritmos reiterados, sus proporciones similares, sus cuidadosos empalmes entre edificaciones colindantes, todo ello sugiriendo un sentido de unidad, una compacta forma de ser comunitaria.

Después tuve la oportunidad de conocer estas viviendas por dentro. Animado por su belleza, un día empecé a visitarlas con la intención de fotografiar sus espacios interiores. Con mi amiga Olga Lucía Jordán peregriné por casi todas las casas antiguas y comprobé que mi apreciación inicial se había quedado corta. Conocí casas con sus paredes cubiertas con papel de colgadura; cielos rasos con impresionantes formas; imponentes comedores con calados de madera en sus cuatro batientes o, igual, con vidrios esmerilados de vistosos colores, o combinados: con calados y con vidrios dispuestos indistintamente (unas veces calados arriba y vidrios abajo, o al revés); figuras zoomorfas talladas en madera; contra-portones con sinuosos calados en madera, de sutiles y poéticas transparencias; en fin, comprobé que sus casas esconden un tesoro que tan solo puede disfrutarse penetrando en su celosa intimidad.

Calarcá era entonces, ante mi mirada asombrada, un municipio que menospreciaba sus construcciones tradicionales al tiempo que recibía con alborozo unas elementales y torpes edificaciones modernistas. Lo que me hacía pensar que si sus dirigentes lograran percibir la genuina belleza de esas construcciones, sin desgastarse en vanas competencias modernizantes con otros municipios vecinos, verían el enorme valor que tienen como testimonios patrimoniales de su particular proceso de evolución urbana.

Dentro de esta perspectiva progresista se diseñó el banco como una edificación moderna que exaltaría las viejas casonas patrimoniales. Pero su intención, desafortunadamente, no fue entendida entonces.

Pero en esa época no solo descubrí su portentosa arquitectura tradicional. También conocí buenos amigos, buenos cafés, buenas tabernas. Y un ritmo de vida más relajado, más bohemio. Esto me llevó a participar en amenas y prolongadas charlas sobre el diario acontecer de nuestra realidad cultural. De día construía, de noche conversaba. Y los sitios preferidos para hacerlo estaban ubicados en torno a la plaza principal. Eran el Café Granada, en los bajos de una sobria edificación republicana, enseguida del Banco de Bogotá, en cuyo piso superior funcionaba el Club Quindío, y el Café Neva, hoy Momo´s club, cuya extraordinaria reja de fachada, de sinuosas formas, cumplía desde entonces su carcelaria y traslúcida función. En estos sitios había numerosas mesas de billar, acechadas siempre por diestros jugadores, como Fernando Patiño Cano, quien era temido por su gran dominio de esta actividad. Al entrar en ellos se sentía el grato olor a café que los caracterizaba y podían verse las mesas ocupadas casi siempre por individuos que miraban más hacia los lados que lo que conversaban entre sí. Eran, a su manera, otros solitarios nocturnos. La actividad en estos establecimientos se generaba en torno a las mesas de billar, siempre al fondo del local, donde ansiosos aspirantes a convertirse en diestros billaristas se entremezclaban con sagaces jugadores que se encargaban de desocuparles con presteza sus bolsillos de incautos aprendices.

Tiempo después empecé a frecuentar también el café Boina Roja, que don Adonías Rey adecuó en los bajos de su casa, al lado del teatro Yarí. A don Adonías lo trataba con frecuencia, pues las oficinas de la reconstrucción funcionaron en el último piso del viejo teatro de su propiedad. Allí el personal administrativo de la obra debió compartir ese pequeño espacio con el arrume de fotografías (tomadas durante la filmación de películas nacionales y extranjeras) que, junto a otro, de afiches promocionales de películas, depositado también en el piso, conformaban la montaña de papel que se recostaba contra gran parte de la pared. Estos impresos eran solo una parte de su voluminosa colección. Además, siempre estábamos vigilados por la mirada penetrante y fría de John Fitzgerald Kennedy, enmarcado y colgado de la pared. A veces nos encontrábamos por casualidad en el parque, al culminar nuestras respectivas jornadas, y él aprovechaba para conversarme sobre algunos hechos que estuvieran aconteciendo en el mundo del cine; sobre alguna película, o alguna entrevista que debía leer, o algunos nuevos directores que debía estar apoyando con mi asistencia a las salas donde estuvieran proyectando sus películas. O de cualquier otro tema relacionado con nuestra rutinaria y elemental cotidianidad. Pero si era del cine español, me advertía que este se había destacado mundialmente por figuras legendarias como Luís Buñuel y por algunos esporádicos éxitos internacionales de directores como Segundo de Chomón, Florián Rey y Juan Antonio Bardem, pero que a estos, como a algunos otros, el franquismo les había entorpecido su ascendente y promisoria carrera fílmica. Y por esa razón solo en la década de los 80 resurgieron grandes realizaciones, con directores como Pedro Almodóvar, Bigas Luna y Carlos Saura, a quienes él seguía con fervoroso entusiasmo.

Estas conversaciones casuales se fueron haciendo cada vez más frecuentes, hasta cuando, entusiasmado con su universo mágico, empezamos a acordar encuentros nocturnos en los que me transmitía su profundo conocimiento y su gran pasión por la cinematografía. Me hacía ver cómo el cine y la arquitectura se relacionan a partir de reflexiones sobre el espacio construido hechas desde la técnica y el lenguaje cinematográfico. La importancia de la escenografía arquitectónica, o la relación que existe entre ciudades y películas. Me comentaba que la arquitectura es un lenguaje asimilado plenamente por múltiples cineastas, por maestros de la talla de un Orson Welles, de un Wim Winders, de un René Clair o de un Jacques Tatí. De cómo estos, entre muchos otros, se habían valido sabiamente de la arquitectura para aportar meritorios hallazgos visuales. Yo, entonces, ya me había enterado por otras personas de sus triunfos como documentalista en festivales nacionales de cine y de los elogiosos comentarios que le habían hecho algunos críticos especializados en periódicos de tiraje nacional. Y había visto algunos de los cortometrajes que aún conservaba sobre temas ambientales y el precioso documental sobre unas fiestas conmemorativas en Armenia. Años después, en una visita casual que le hice un domingo, me presentó a su amigo y director de cine, Jaime Osorio, El Mono Osorio, quién más adelante dirigiría Confesión a Laura, la cual, en opinión del crítico de cine Mauricio Laurens, es reconocida por muchos como una de las tres mejores películas del cine colombiano de todos los tiempos. Con ella ganó en los festivales de Huelva, España; en Cartagena y en Trieste, Francia. De paso por nuestra región había arrimado a saludar a su gran amigo Adonías Rey.

Tal vez incitado por estas charlas terminé haciendo parte del grupo de curiosos que con frecuencia nos desplazábamos hasta el cercano municipio de Quebrada Nueva a presenciar la filmación que estaba haciendo Juan Miguel Kosztura, profesor de técnicas de cine y televisión de la Universidad del Quindío. Realizaba una versión más de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, con la actuación de algunos miembros del grupo de teatro de la Casa de la Cultura y unos pocos alumnos suyos.

Una de esas noches, mientras Juan Preciado (Elías Mejía) y Dorotea (Lucero Martínez), sentados sobre una tumba del cementerio local, reflexionaban acerca de los murmullos y los gritos que provenían de los sarcófagos vecinos, asumiendo que eran ecos de los fantasmas de Susana Sanjuán, Pedro Páramo y del bueno de Abundio, nosotros, como sombras espectrales, presenciábamos asombrados aquel diálogo, inmersos en ese tétrico entorno de desolación y muerte.

Su premier fue en el Club Quindío, donde tuvo gran acogida. Allí pudimos ver a un novel actor, poeta además, quien en una escena cumbre se sienta en la cima de una montaña a contemplar, con aflicción, su pueblo lejano, Comala, y al levantarse ya no cuelga de su hombro la mochila que tenía puesta al sentarse. Por desgracia, al concluir esa toma habían hecho un receso en la filmación y al reiniciarla, poco después, nadie cayó en la cuenta de ese pequeño detalle que, inicialmente, solo descubrimos los cientos de espectadores que asistimos al estreno.

Entusiasmado por el contacto que tuve en esos días con los actores, terminé involucrándome con el Teatro Escuela Odeón, de la Casa de la Cultura, que dirigía Vilma López Blanco, quien había sido integrante fundadora del Teatro Libre de Bogotá y dirigido el Grupo de Teatro Armenia, La Farsa, de la Universidad la Gran Colombia y el grupo del Instituto Popular de Cultura, donde, además, coordinaba y enseñaba teatro. Ella me pidió que le colaborara diseñándole la escenografía de la obra que representarían por esos días. Le ayudé en esa y en otras ocasiones, aportándole los diseños escenográficos que me solicitaba. Luego ella buscaba quién le elaborara los componentes escenográfícos a un costo muy bajo, en los talleres de sus amigos ebanistas o artesanos, o completamente gratis, cuando estaba de buenas, en la cárcel municipal. Aún así vivía metida en problemas por falta de respaldo financiero. Una de esas puestas en escena no dio los resultados económicos esperados y se vio obligada, como directora del grupo, a estar presentándose periódicamente, durante varios meses, a un despacho judicial para ratificar que si bien reconocía la deuda no tenía con qué pagarla. Además del tiempo que le había dedicado a preparar esa obra, debió encimarle esta vergüenza reiterada. Y eso que en las cartillas de presentación decía que el grupo se sostiene a partir de sus propios esfuerzos, de algunos aportes de la institución (Casa de la Cultura) y del apoyo de personas amantes del teatro. Lo cual indicaba que esos aportes eran exiguos y muy pocos los amantes del teatro.

La última escenografía que diseñé fue para la obra El zoológico de cristal, de Tennessee Williams, ese genial dramaturgo estadounidense que, además de interpretar con acierto el mito sureño, tiene una concepción cinematográfica que ha propiciado que algunas de sus obras se hayan llevado fácilmente al cine, como Un tranvía llamado deseo, Un gato en el tejado caliente, La noche de la iguana, entre otras.

Su presentación fue todo un éxito. Y el público la aplaudió con frenesí, expresando su enorme satisfacción por esa magistral puesta en escena. El triunfo lo festejamos muy cerca de allí, en la casa de la pintora Gloria Inés Barahona, quien había estado encargada de los asuntos relacionados con su ambientación. En su casa nos amontonamos en un amplio espacio que, no obstante, resultaba insuficiente. Pero eso no nos importaba, pues estábamos felices, bebiendo con inusitado desenfreno. Conformábamos una amalgama de personajes disímiles, confabulados en el mismo propósito de perturbar, remover, intranquilizar y despertar conciencias en torno al arte y a la cultura. Había un arquitecto que soñaba con ser pianista y todos los días, religiosamente, realizaba sus personales ensayos en el piano de la Casa de la Cultura; un artesano que se había convertido al indigenismo; un orgulloso actor que además anhelaba ser dramaturgo y poeta; veteranos actores entremezclados con entusiastas aprendices; una asesora literaria acompañada de un promotor de cultura; un poeta; varios aspirantes a pintores y unos primigenios escritores que no pudieron llegar a serlo pero que, en aquel entonces, creían estar superando con éxito los difíciles obstáculos de ese ingrato y difícil oficio. Y unos pocos amigos solidarios con la causa teatral. Todos ellos integrando al unísono un nutrido y apasionado coro, antítesis de esa atrayente y melódica racionalidad productiva que rige nuestro andamiaje social. Un enjambre de artistas deslumbrados por haber resplandecido, aunque tan solo hubiera sido por esa noche, en el incierto firmamento artístico. La fiesta, por tanto, duró casi hasta el amanecer...

A Olga Lucía Jordán la había conocido en un concurso regional de fotografía en el que ella fue jurado y yo participante. Desde entonces nos hicimos buenos amigos y compañeros de salidas fotográficas. Porque la fotografía también es un placer solitario. Solo un fotógrafo sabe lo difícil que es encontrar compañía para un recorrido en busca de imágenes. Unimos entonces nuestros deseos de registrar la belleza de nuestra cotidianidad, sus luces y sombras, sus formas y texturas. De aprehender la poesía del instante mágico. A pesar de su enorme prestigio, pues ya tiene 30 libros publicados, a veces me desconcertaba su comportamiento habitual, su abrumadora sencillez. Pues es tan espontánea como elevada para articular las frases del momento. Y en ocasiones asocia, sin proponérselo, lo divino con lo humano. Como cuando fuimos a buscar niños campesinos para un proyecto suyo y después de visitar numerosas fincas llegamos a una casa refundida entre un frondoso cafetal. Ella, preocupada por la posibilidad de que estuvieran rondando por ahí algunos bravos animales, y por los pocos rostros que había podido fotografiar, le gritó desde el carro al campesino que se asomó por la ventana, alertado por el motor del carro: Señor, señor: ¿hay perros?... ¿y niños?

Esperanza Jaramillo García nos presentó, pues entre ambas existe una entrañable amistad desde cuando fueron condiscípulas en el Instituto Calarcá. Esperanza ya había publicado su libro de poemas Caminos de la vida y por entonces divulgó Testimonio de la ilusión. Años después incursionaría en la narrativa con la novela El brazalete de las ausencias y los sueños.

Muchas noches participé en amenas y enriquecedoras conversaciones en establecimientos en los que solo vendían licor. Allí hablábamos y controvertíamos hasta cuando, por lo avanzada de la hora, nos pedían que los abandonáramos. En especial, recuerdo las tertulias en la taberna Valentino, con Orlando Montoya y Elías Mejía, eternos rivales en sus trivialidades y decididos seguidores en sus creencias literarias. Con Orlando, el de la memoria magistral, el que incitado por unos tragos se confabulaba con el actor que además es, transformándose, sin quererlo, en alguien que gestualizaba y hablaba y se mostraba distinto, como otro, como el que en ese momento quería ser, dominado por su incontrolable alma de poeta y actor. El que más tarde publicaría dos libros de cuentos, Vidas ajenas y La maravillosa gente común, en los que recreó sucesos y anécdotas de la historia calarqueña. Y con Elías, el conciliador, el hombre culto de voz pausada y trato respetuoso. El que, en ocasiones, protegiendo la posible ignorancia de su interlocutor respecto al tema que se dispone a exponer, comienza diciendo: Como tú bien lo sabes... Una mañana, en la que la noche anterior habíamos bebido hasta muy tarde, lo llamé temprano para recordarle que a media noche habíamos acordado salir a primera hora hacia Manizales para ver alguna obra de teatro que hubieran programado para después del mediodía en el Festival Internacional que había en la ciudad.

— ¿A dónde me dices? —preguntó, al parecer extrañado.
Pues a Manizales —le recordé yo— ¿No se acuerda que en eso quedamos anoche? Que saldríamos temprano para ver alguna obra del Festival Internacional de Teatro...
Pero eso es una locura —replicó molesto, con voz aperezada, al parecer aún dominada por el sueño— ¿No te das cuenta de lo lejos que está Manizales de aquí?
— Sí, claro. A la misma distancia que estaba anoche...
— Creo que no has hecho bien las cuentas. Para que entiendas lo que te digo voy a pedirte que no calcules esa distancia en kilómetros, como al parecer lo estás haciendo, sino en centímetros... ¿Notas la diferencia? Ahora si podrás entender por qué sigo creyendo que esa ciudad está muy lejos...

En aquel tiempo la obra poética de Elías Mejía estaba inédita en su gran mayoría. Pero luego publicaría unas extensas traducciones que hizo de poetas griegos vertidos al francés: Pensamientos sobre traducción de poesía, de Vassilis Vitsaxis; Fragmenta o la vegetación de los minerales, de Takis Varvitsiotis; El muro en el espejo e Ismenia, de Yannis Ritsos. En 1995, con su poemario Confesión de navegante obtuvo el premio de poesía organizado por el Centro de Escritores de Manizales.

En el Café Granada con frecuencia me encontraba con Jorge Mario Salazar y conversábamos por horas sobre asuntos culturales o personales. O merodeaba el lugar buscando otros contertulios que también lo frecuentaban. Algunas veces llegué acompañado de Marta Lucía Usaquén, cuya Crónica sobre el ritmo en un barrio de clase media está tan vinculada a mis afectos. Su poemario Señales de vida reflexiona sobre impresiones cotidianas que tienen a la ciudad como referente. Fue ella quien me regaló el libro que más aprecio de mi biblioteca, por considerarlo un verdadero tesoro: Henry Miller. Los años en París, escrito por Brassaï, el cual, tras formarse como pintor, pronto se hizo famoso por sus retratos del París nocturno y bohemio de los años treinta. De su obra escrita se destacan también sus ensayos sobre Pablo Picasso y Marcel Proust.

Las impredecibles salidas cáusticas de Jorge Mario nunca dejaban de sorprenderme. Alguna vez llegué acompañado de Hella, mi amiga alemana que estaba de paso por el Quindío, y Jorge Mario le ofreció a probar un pedazo de morcilla, al parecer muy deliciosa, que vendían en el establecimiento. Le fascinó. Poco después Hella se levantó y regresó a la mesa con otra porción para ella y una más para Jorge Mario. Él, con la malicia reflejada en sus ojos, se la rechazó sonriente: No, Hella, gracias. Te agradezco mucho, pero yo sí no como porquerías...

Otras veces era el lugar el que nos sorprendía. Como una noche, muy tarde, en que vimos un coche infantil junto a un señor que, de pies, miraba hacia las mesas de billar, pendiente de cualquier gesto, de cualquier mirada, de cualquier persona que se aproximara a él. No podíamos entender cómo ese irresponsable podía someter a su bebé a semejante desvelo y ruido, sumado a esa molesta luz resplandeciente. Ni siquiera su irracional pasión por el juego justificaba su infamia. El estridente sonido de las bolas al estrellarse entre sí, el incesante bullicio del salón, la hora, y el infantil cochecito de espalda a nuestra mesa, ameritaban una explicación. Cuando nos acercamos al insensato padre, el humilde señor nos recibió con una amigable sonrisa, destapando al tiempo, complacido, la suculenta olla de empanadas y papas cocidas que transportaba en él. La que sustituía al supuesto bebé.

Jorge Mario era, desde entonces, un promotor cultural, cofundador del colectivo Artistas a la calle. Su gestión permanente lo llevó a ocupar el cargo de Gerente del Fondo Mixto para la Cultura y las Artes del Quindío.

Muchos años después conocí a Óscar Zapata, quién me deleitaría con sus conversaciones espléndidas y su vasta cultura. A José Nodier Solórzano cuando dirigió uno de los talleres literarios Carmelina Soto, de la Universidad del Quindío, al que afortunadamente asistí en compañía de Libaniel Marulanda, autor de La luna ladra en Marcelia, un libro de relatos con un inconfundible sello de identidad, de autenticidad, de sinceridad estética y humana, aunados a su personal y ácido sentido del humor. Y a Luís Fernando Londoño, gestor del Museo Gráfico y Audiovisual del Quindío, poseedor del mayor número de fotografías que conocemos sobre nuestro pasado regional, que lo convierten, por tanto, en el depositario de nuestra memoria histórica visual.

Pero mientras vivía con desenfado estas experiencias, persistía el forcejeo entre algunos ciudadanos, las autoridades municipales, y la gerencia local del banco. Esto hizo que Silvia Elena Ramírez, gerenta del Banco Central Hipotecario de Armenia, me pidiera localizar al artesano Fernando Valencia. Quería ensayar otras alternativas de sensibilización arquitectónica que contribuyeran a lograr la aceptación de la restauración (por así decirlo) de la nueva sede bancaria. Ocupaba, además, la Presidencia de la Sociedad de Arquitectos del Quindío. Con Fernando recorrí la zona histórica del municipio y escogimos, para replicarlas en cerámica, cerca de una docena de viviendas. Y mientras las iba elaborando yo visitaba su modesto taller para hacerle las correcciones del caso, pues él no tenía destreza en el manejo de las proporciones arquitectónicas y algunas de esas viviendas habían sido modificadas con torpeza. Lo cual no lo eximía de su obligación de elaborarlas como fueron edificadas originalmente. Estas piezas se presentaron en la Casa de la Cultura, en los actos conmemorativos municipales siguientes al centenario, y el banco las adquirió para dejarlas exhibidas permanentemente en el segundo piso de la nueva sede.

La obra pudo realizarse por la obstinación de sus promotores, por su entereza. Por eso no nos alarmó el revuelo que suscitó el descubrimiento de su interior vacío, ni la orden de suspensión de la obra, pues sabíamos que esto solo demandaría nuevos acuerdos para encaminarla hacia su culminación. A partir de su reiniciación poco volvieron a intervenir los funcionarios, pues la obra parecía gozar de una aprobación tácita, de la indiferencia de sus contradictores.

Por otra parte, algunos centros educativos, desde tiempo atrás, sabían de la belleza arquitectónica del municipio. La Universidad San Buenaventura, de Cali, traía semestralmente a sus estudiantes de arquitectura para que apreciaran la riqueza de su patrimonio construido. Y la revista Vivir, del periódico El País, le había dedicado un número a Calarcá haciéndole elogiosos comentarios a su arquitectura tradicional y a la proveniente de su reinterpretación (como versión contemporánea).

Luego, durante muchos años, su patrimonio arquitectónico dejó de ser tema de debate público pues, una vez inaugurada la sede, el asunto pareció dejar de interesarle a la comunidad. Y la sucursal funcionó hasta cuando el Banco Central Hipotecario desapareció de la escena nacional. Entonces fue desocupada y permaneció así varios años, como un fantasma abandonado en pleno corazón de la ciudad. Hasta cuando la adquirió el gobierno departamental para obsequiársela a Calarcá. Con bombos y platillos se celebró la ceremonia de entrega, o de inauguración, de la nueva sede de la Alcaldía municipal. Eso fue el 15 de mayo de 2007, a las 7:30 de la noche. Al evento asistieron la Gobernadora y la Alcaldesa, con sus respectivos funcionarios de turno. No se sabía cuál de ellos estaba más feliz. Si quienes la estaban regalando o los que la estaban recibiendo. Los oprimía una extraña felicidad. Lo que me recordó esa vieja sentencia popular que dice que nadie sabe para quién trabaja. Porque, en este caso, es claro que el perro terminó mordiéndose la cola.

Lo más gratificante de todo esto fue constatar que la lucha del banco no fue vana, que las semillas que esparció germinaron espontáneamente, después de más de 9 años, gracias a la acción del odontólogo y promotor turístico, Jorge Humberto Guevara, quien convocó a un nutrido grupo de propietarios de los sectores aledaños al banco (decretados como zonas de Interés Histórico y Artístico de la Nación), para que, acompañados por el Comité Asesor en Arquitectura del Centro Filial de Monumentos del Quindío, realizaran un trabajo conjunto que cohesionara esas zonas patrimoniales. En esa reunión nació la Corporación amigos del patrimonio, tutelada desde entonces por el propio Jorge Humberto. Una de sus primeras acciones fue defender esas casas del afán renovador de algunos ingenieros que estaban diagnosticando la vulnerabilidad de los inmuebles afectados por el terremoto, y, sin mayores consideraciones, ordenaban demolerlas. Vale la pena destacar la tenaz defensa que hizo de su casa la señora Teresa Gallón de Mejía (ubicada en la calle 37, entre carreras 25 y 26. Falda Casa de la Cultura). Por eso su casa es la única construcción tradicional que sobrevivió a la masacre arquitectónica que perpetraron en esa cuadra. Su presencia, como un grito sostenido de dolor, emblematiza la valentía de quienes, en condiciones desfavorables, defendieron con tenacidad ese patrimonio arquitectónico.

Aunque esta Corporación le ha presentado varias propuestas al Concejo municipal, no ha podido concretar ninguna. No obstante, su presencia ha servido para que las autoridades municipales hayan definido políticas de protección para esos sectores. Con una campaña de embellecimiento de fachadas pintaron 34, de las 77 que son, y esperan pronto hacer lo mismo con otras 20, apoyados en el convenio que tienen con la Alcaldía municipal, la Gobernación del Quindío, la Sociedad Calarqueña de Ingenieros, el Sena, Pintuco y los propietarios de esas viviendas. Otras entidades han manifestado su interés en apoyarla en futuras iniciativas. También dotaron la zona con una iluminación especial para destacar la belleza cromática de sus fachadas. Y recientemente le presentaron al Concejo un proyecto que busca incentivos en industria y comercio que puedan atraer los usos comerciales que desean desplazar hacia esos sectores. Como si fuera poco, diseñaron una ruta patrimonial, con señalización temática, para estimular la apropiación del patrimonio municipal, con datos anecdóticos e históricos de las casas escogidas.

Buenos vientos y buena mar acompañan a estos discretos navegantes en su glorioso avance sobre las escépticas aguas que rodeaban esta noble causa. Por fortuna han avanzado mucho. Y lo harán mucho más, pues los guía un entusiasmo creciente y una clara visión progresista.

Calarcá, gracias a este romántico y lúcido empeño, conservará zonas representativas de su pasado que le permitirán preservar su historia y propiciar búsquedas arquitectónicas más auténticas, que concilien las características tradicionales y las costumbres vigentes. Lo cual, finalmente, enriquecerá el conglomerado urbano.

Por eso puedo decir que, en cuanto a la protección y al respeto por las edificaciones tradiciones del municipio, no todo tiempo pasado fue mejor...

CAPÍTULOS