La muerte de la poesía o el terrible adiós
al espíritu.
Por: Carlos Alberto Villegas Uribe
La terrible, aunque literariamente transmitida, noticia de la muerte de Noel Estrada Roldán, me
golpeo en Madrid a través del correo electrónico:
La clepsidra fatal de mi saliva
entre mis labios trémulos convoca
una cósmica sed que me coloca
bajo oscuras cisternas de agua viva.
......
Intuyendo su arcano poderío
sentiré que la muerte halla aposento
en la tibia oquedad del pecho mío.
Noel Estrada Roldán (Aguadas 1.927 - Circasia 10 de junio del 2.007)
Saludos: Álvaro López Cortés.
Convoco, no un minuto de silencio, sino una salva de aplausos prolongados por ese viejo bello que habitaba
como uno más de su fauna familiar en el espacio de una poesía lúcida. Descansa, ya lo
creo, de este largo camino sin meta.
Ya veo a toda academia, a los comunicadores sociales, a la dirigencia política, a los
administradores culturales, que lo olvidaron en vida, escribiendo ensayos hipócritas sobre su amor por
Noel Estrada Roldán. Por esa misma condición sería preferible guardar silencio.
Sería mejor no contárselo a ellos -nosotros- porque al menos la muerte del último
estoico, podría volver la mirada sobre su obra, porque sobre la persona humana que todo lo
merecía ya no será posible.
A él también le van los versos de su admirado amigo Baudilio
Montoya (cito de memoria)
Estoy viendo el proceso de mi muerte
y asistiendo a la farsa de mi entierro
un desfilar de gentes
que hacen ostentación de sentimiento
Yo descanso, rendido para siempre
en mi ataúd de cedro
del cedro laborado en la montaña
antes de la llegada del invierno.
Y comentan en pérfido susurro:
era sencillo, cordial y generoso
y haber muerto.
Dicen así
los que restaron fuerzas a mis alas
cuando iban en su vuelo,
los mismos Zoilos de la humana feria
los oscuros y sordos fariseos.
Ya se detiene con reseco golpe
el carro de los muertos,
y chirrían los goznes de la puerta
que guarda el cementerio.
Un necrófago, dos, quién sabe cuántos,
sus mentidas razones van diciendo,
celebrando mi próvido sentido
y alabando un talento
que apenas ven, cuando comienza el viaje
definitivamente sin regreso.
Después, la soledad, el campo solo,
las cruces azotadas por el viento.
Ah, si al final de mi jornada,
cuando ocurra todo lo que pienso
desde el gélido lecho de mi tumba
me pudiera reír como yo quiero.
Importante recordar ahora que para mitigar las penurias del viejo Noel Estrada Roldán,
Gladys Molina, desde la Gerencia de Cultura del Quindío, hoy descendida a inexplicable
coordinación burocrática, creó la Violeta de Plata, que le fue concedida
también al poeta Jairo Baena, días antes de su muerte."En vida, hermano, en vida".
Y el entonces Gobernador del Quindío, Henry Gómez Tabares le editó, también
para apoyar su precaria existencia, una antología de poemas que el propio Estrada Roldán
tituló Un camino sin meta, con la portada de uno de los más importantes acuarelistas
colombianos, el Maestro Hernando Jiménez, con quien también el Quindío, esa tierra
propicia para los adioses fariseos, está en deuda. La casi totalidad de la producción se le
entregó como pago de derechos de autor a Martica, su amorosa compañera de viaje. Transpiraba
orgullo por los poros cuando hablaba de su historia de amor por este hombre hierático y su
poesía. Paliativos que nunca alcanzaron a brindarle una vida digna a nuestro admirado creador de
asombros y el último cultor vivo del soneto clásico. Pingues esfuerzos y escasos logros que
hablan de nuestro fracaso generacional por conquistar para los artistas del Quindío y de Colombia,
las leyes protectoras que le garanticen tanto a los creadores de mejores mundos posibles, como a las
próximas generaciones de colombianos, que viven inmersos en el horror de las fosas comunes y los
desplazamientos forzados, motivos de existencia más allá del enriquecimiento fácil o la
estulticia elevada a la condición de gobernante.
No importa que ahora se ría de nosotros, de nuestros tardíos reconocimientos, al menos Noel
Estrada Roldan, en medio de la precariedad que padeció con el estoicismo y la dignidad que lo
caracterizaban, pudo disfrutar un tipo de muerte, ahora extraña en Colombia: murió de muerte
natural. Paz en la tumba, pero no silencio. Aplausos, aplausos y un concentrado esfuerzo colectivo de memoria
para que en Colombia sean más valiosos los hombres y mujeres que hacen arte para elevar la calidad de
vida de los otros, para brindarles más horizontes al espíritu de sus compatriotas, que quienes
empuñan un fusil, un hacha, una motosierra, para arrancarles miserablemente la vida.
Sí, prefiero un adiós con mea culpa, al silencio y al olvido total. Adiós mi
viejo bello. |